“UN MAESTRO NO TIENE BIOGRAFÍA”


Me alegré de que la primera cuestión que se nos planteó en la conversación del pasado mes de julio en Tabakalera tuviera que ver con la biografía: “¿Cómo fue tu encuentro con el taichí; qué es lo que esto representó en tu vida?”. Miro a mi alrededor –en el espacio y en el tiempo–, y pienso que cualquier pequeña variación hubiera desencadenado una historia personal muy diversa a la mía: haber nacido unos pocos años antes o después; en la familia de mis primos o mis vecinos; mujer en lugar de hombre; etc. Y lo mismo para las circunstancias sociales: otro paisaje, otra historia reciente, otro país, otra cultura… Contra lo que cada vez se nos insinúa o se nos grita con más violencia –“construye tu vida, tú eres el protagonista y el único responsable de tu destino…”–, pienso que nuestro quehacer en el mundo pasa por convertir aquellas circunstancias dadas en destino, y asumirlo como tal: ése es nuestro margen de libertad y realización.

Por eso me resulta fantasmal y muy sospechoso alguien que pretende carecer de biografía, de historia, de particularidad. Cuando un ser humano se me presenta así, en nombre de una Verdad Absoluta y prometiéndome la salvación, sé que estoy ante un clérigo; ante un mercader que trafica con el lado más difícilmente tratable de la vida –la vulnerabilidad, la enfermedad, la mortandad…– justamente con lo que nos hace específicamente humanos. Alguien que para ofrecernos la “realización”, pretende saltar por encima de todo ello está deshumanizándonos para “ponernos a salvo”. Todas las religiones tienden a ello, pero el cristianismo, en cuanto que estableció un hito histórico –la encarnación divina, la muerte y resurrección de Dios, etc.– es menos propensa a este tipo engaño de principio, comparado a las “sabidurías orientales”.

Un detalle curioso no me pasó desapercibido en relación a Yuan Limin: ni sus alumnos más cercanos conocen su año de nacimiento. En las leyendas y los antiguos cuentos chinos hay una referencia muy común a “los inmortales”, a los “inmortales taoístas” en particular. Yuan Limin se nos presenta como representante de la 15º Generación de Maestros de Wudang Xuanwu, como abad del monasterio Zhang Sanfeng”, (mítico taoísta creador del taichichuan en las montañas de Wudang), y su discurso es estrictamente religioso: “El taichí es la expresión de la milenaria sabiduría taoísta, una sabiduría de la filosofía china. La práctica del taichí nos permite conocer que somos individuos únicos e irreplicables entre el Cielo y la Tierra. Nos permite suturar la brecha entre el cuerpo y la mente y así curar las enfermedades del cuerpo, hacer desaparecer la ignorancia y el egoísmo y volvernos sabios y felices”. Lo llamo religioso pues nos ofrece una Salvación en términos absolutos, a través de la práctica de ciertos ritos o liturgias –en este caso, el taichí– y sustentado en determinadas creencias cosmogónicas –“la milenaria sabiduría china que el taoísmo recoge”–. No es casual que un representante de tal religión se sitúe fuera del tiempo y, lo único que nos cuente de su vida particular sea que tuvo la ventura de ser conducido desde niño a los pies de su maestro, que éste se prestó a transmitirle su arcana sabiduría, la que ahora debe celebrar y transmitir por el mundo. En el rótulo incluido en el vídeo de nuestra “conversación”, Yuan Limin es presentado obviamente como “Maestro” y un maestro así debe carecer de biografía.

Mi posición es justamente opuesta. No opuesta/complementaria como el yin y el yang, sino enfrentada a lo que considero una impostura que hay que denunciar. No sólo comencé mi exposición hablando de mi biografía, de las circunstancias particulares que me empujaron a explorar cierto Oriente –que incluía el taichí– ligadas a un momento histórico y generacional muy particular, sino que traté de dar algunas pinceladas sobre las circunstancias históricas que han conducido al taichí a convertirse en una más de las ofertas deportivas y de wellness de la actual sociedad “deportivamente movilizada”[1]. En su China de origen, la historia del taichí ha estado ligada muy en particular al convulso siglo XX: desde la rebelión de los boxers (1900) al triunfo del maoísmo y su implantación como gimnasia de masas, o a la represión de movimientos como Falun Dafa en la última década hasta hoy. Que la única referencia de Yuan Limin a su país fuera para decir que “se han dejado atrás la inestabilidad y la cultura ha comenzado a restaurarse” cuando miles de chinos son detenidos, torturados y asesinados; confinados a campos de concentración por “atentar contra el Estado” como miembros de un grupo también religioso que practica parecidos ejercicios a los que él propone y que emanan de la misma “sabiduría milenaria”, mientras que los templos de Wudang de los que él proviene se hayan convertido en parques temáticos[2], no parece resultarle significativo.

Tampoco provocó ninguna respuesta por su parte el que yo denunciase como nada inocentes los “discursos vacíos” en los que se anima a “hacerse flexible como el agua” –nuestro reciente caso del “falso Shaolín” de Bilbao resuena demasiado en tales discursos–. Tampoco la observación de que un maestro renuncia a exhibirse y a realizar promesas de invulnerabilidad o de salud perfecta pues, de esta manera, no hace sino fomentar las fantasías de sus alumnos y alimentar su propio delirio…

Aposté por asumir el lugar del maestro –lógicamente, el rótulo sobre mi nombre en el vídeo dice “profesor de taichichuan”– y hablé de las condiciones que considero propias de tal condición: asumir la responsabilidad de tomar la demanda implícita del alumno renunciando a prometer beneficios y a establecer distancias insalvables que alimenten los delirios antes mencionados. Para ello, comenté, es necesario tener una biografía, haber muerto más de una vez para reconocer las demandas implícitas en cualquier relación de aprendizaje. Pero, como decía, “un Maestro no tiene biografía”; él habita ya las mieles de la inmortalidad, más allá de este espacio y este tiempo ordinarios.

Acaso haya que preguntarse cómo es que un discurso así –una oferta así–, religiosa y exótica hasta la caricatura, quepa en un “Centro Internacional de Cultura Contemporánea” como Tabakalera. La hipótesis que he explicado en otro lugar[3] es que tales instituciones, cada vez mejor instaladas entre nosotros son una expresión más de la parquetematización de nuestra vida urbana en la que la cultura es valorada más y más como “riqueza turística” en la que “turistas” no son sólo los que vienen de paso sino todos nosotros. En el parque temático, todo saber está a nuestro alcance y no se pide nada a cambio de tal conocimiento. Los escenarios del espectáculo se alteran frenéticamente –la agenda cultural de una ciudad como Donostia es inflacionaria hasta el vértigo–, pero todos tienen el mismo sabor a nada: todo debe ocurrir rápida y frívolamente para que nada ocurra. Recordaba en la “conversación” que, en tales circunstancias, las posibilidades de que una práctica como la del taichí pueda provocar transformaciones de cierto alcance son escasas. Marcados como estamos por relaciones autoritarias de poder y extremadamente susceptibles a cualquier relación jerárquica, es la misma posibilidad de un marco de aprendizaje el que se desactiva. Por eso, el Maestro que ignora deliberadamente esta contingencia y nos promete Sabiduría y Felicidad a bajo precio debe comenzar negando su propia biografía.

[1] En este sentido, mis observaciones son una continuidad de lo que expliqué unos meses atrás en el mismo programa Ariketak de Tabakalera: Eros, Thimos y movilización deportiva. Tres preguntas y dos adendas desde una mirada Extremo-Oriental.

[2] Referencia al artículo Taichí en el parque temático.

[3] El artículo antes citado.




“MAISU BATEK EZ DU BIOGRAFIARIK”


Poztu nintzen joan den uztailean Tabakaleran izandako elkarrizketako lehen galderak biografiarekin zerikusia izan zuenean: “Nolakoa izan zen taitxiarekin izan zenuen enkontrua; zer suposatu zuen zure bizitzarako?”. Konturatzen naiz zein hari fin eta hauskorrekin egina den biografia bat; edozein aldaketatxok –denboran nahiz espazioan– eduki zezakeen eragin erabatekoa; zein ezberdina zatekeen nire historia urte batzuk lehenago edo geroago jaioa banintz; nire lehengusuen edo auzokoen familia batean jaioa; emakume gizon ordez, eta abar. Eta gauza bera aldagai sozialei erreparatuta: beste paisaia batekoa izan banintz, beste historia hurbil batekoa, beste lurraldea batekoa, beste kultura batekoa… Gero eta ozenago, gero eta bortitzago aldarrikatzen bazaigu ere –“eraiki ezazu zeure bizitza; zeu zara zure destinoaren nagusia…”– argi dut gure eginahal nagusia dela emandako aldagai haiek destino bilakatzea, ez dugula besterako askatasunik edo betebeharrik.

https://www.youtube.com/watch?v=w2BIyBOaEV4

Horregatik egiten zait fantasmala, susmagarria oso, biografiarik izango ez balu bezala, historia partikularrik gabe aurkezten zaigun edonor. Hori eginez, gainera, Egia Absolutu baten izenean Salbazioa agintzen digunean, badakit elizgizon baten aurrean nagoela: bizitzak duen alderik tratagaitzenarekin –kalteberatasunarekin, eritasunarekin, hilkortasunarekin…– trafikatzen duen merkatari baten aurrean; gizatasunaz mamitzen gaituen horrekin ari dena hain justu. Errealizazioaren izenean horren guztiaren gainetik jartzen saiatzen dena gizatasuna lapurtzen ari zaigu. Erlijio guztien joera dugu hori, baina bada alderik puntu horretan kristautasunaren eta Ekialdeko jakituria zenbaiten artean, kristautasunak data zehatz batzuk jarri baitzituen bere abiapuntuan: Jainkoaren beraren haragitzearena, haren heriotzarena, berpizkundearena…

Ez zitzaidan ustekabean pasa Yuan Liminen inguruko detaile xelebre bat: inork ezin zidan esan zein urtetan jaioa zen, ezta bere hurbileneko ikasleek ere. Oso ohikoak dira Txinan “Hilezkorren” istorioak hango ipuinetan, “taoista hilezkorrak” ageri dira batez ere han eta hemen. Wudang Xuanwu Maisuen leinuko 15.a aurkezten zaigu Yuan Limin, Wudan mendietako Zhang Sanfeng monasterioko abade (Zhang Sanfeng taitxiaren fundatzaile taoista mitiko gisa da ezaguna), eta haren diskurtsoa erabat erlijiosoa da: “Taitxia milaka urteko jakituria taoistaren adierazpena da, filosofia txinatarraren jakituria. Zeru-Lurraren arteko izaki bakan eta ordezkaezinak gara, eta horretaz jabetzea ahalbidetzen digu taitxiaren praktikak; gorputzaren eta gogoaren arteko arrakala osatzea dakar, gorputzaren gaixotasunak sendatuz eta ezkajintasuna eta berekoikeria geure baitatik desagerraraziz, jakintsu eta zoriontsu bilaka gaitezen”. Erlijiosoa dela diot, Salbazio bat agintzen baitigu termino absolutuetan, hainbat errituren edo liturgiaren bitartez –taitxia, kasu horretan– eta hainbat sinesmen kosmogonikotan oinarria hartuz –“Txinako milaka urteko jakituria taoismoak jasoa”–. Ez da harritzekoa gisa horretako erlijio baten ordezkari batek bere burua denboraz kanpo kokatzea eta bere bizitzaz esaten digun gauza bakarra izatea Maisuaren eskuetan izan zela jarria haurra zenean, Maisuak beregan zeraman jakituria arkanoa eskaini ziola, zeina egun munduan zehar ospatu eta jendeari jakinarazi behar dion. “Maestro” dio haren izenaren ondoan gure elkarrizketan agertzen den errotuluak; gisa horretako maisu batek ezin du, berez, biografia bat eduki.

Guztiz aurkako jarrera da nirea. Baina ez zentzu osagarri batean, yin eta yang polaritateak adierazten duen eran, baizik eta salatu behar den iruzur baten aurrean ipintzen denarenean baizik. Nire biografia aipatzen hasi nuen agerraldia, zein baldintza partikularrek bultzatuta murgildu nintzen taitxia beregan zuen Ekialde jakin batean. Saiatu nintzen zertzelada batzuk eskaintzen indarrean dugun “kirol-jendarte mobilizatuan”[1], kirolari eta ongizateari dagokien txokoan taitxiak egun betetzen duen lekua ulertze aldera. Bere jatorrizko Txinan, XX. mendeko historia asaldagarriaren parte izan da taitxia ere, eta ezin liteke bera ulertu 1900eko boxeolarien matxinada, maoismoaren garaipena eta hark ezarritako masa-gimnasia –taitxia bera– edo oraino indarrean den azken hamarkadako Falun Dafa bezalako mugimenduen errepresiotik aparte. Yuan Liminek Txinari buruz esan zuen gauza bakarra izan zen “atzean geratu da ezegonkortasuna, eta kultura berrezartzen hasia da”. Ez zuen ezer esaterik “Estatua arriskuan jartzea” salaketapean egun atxilotuak, torturatuak, erailak, kontzentrazio-esparruetan kartzelaratuak diren milaka eta milaka lagunen inguruan; haiek ere talde erlijioso batekoak dira eta berak proposatzen dituen ariketa bertsuak praktikatzen dituzte. Bestalde, Wudang mendi sakratua parke tematiko bilakatu da, eta tenpluak, bisitarientzako guneak[2].

Ez nuen erantzunik jaso ere “bihur zaitezte ura bezain malgu” diskurtsoaren salaketa egin nuenean. Bilboko “sasi-saolinaren” kasua hurbilegi dugu gisa horretako mezuak modu inozoan onartzeko. Maisu batek erakustaldiei uko egiten diela esan nion, eta uko egiten diola, halaber, ezerk ukituko ez duen botere erasoezinaren edota osasun perfektuaren edozein promesari. Horiek esateak ez zuen haren interesik jaso, maisuaren beraren eldarnioa elikatzeaz ari nintzelarik ere.

Maisuaren lekua onartu nuen nire aldetik –ulertzekoa denez, nire izenaren ondoko errotuluak “profesor de taichichuan” dio– eta kokapen horrek ezartzen dituen baldintzez aritu nintzen: arduraz hartzeaz ikasle orok inplizituki egiten duen demanda; uko egiteaz onurak agintzeari eta distantzia gaindiezinak jartzeari, hauek aipaturiko eldarnioak elikatzeko baino balio ez dutenez… Horrexegatik da ezinbesteko maisu batentzat biografia bat edukitzea; ikasketa sakoneko harreman bide orok berezko dituen eskariak eta baldintzak ulertu eta kudeatu ahal izateko, maisuak bere buruaren heriotza sinbolikoa zer den ondo ikasia behar du izan. Baina “Maisu batek ez du biografiarik” nonbait; bera hilezkortasunaren eztietan bizi da dagoeneko, ohiko denboraren eta espazioaren gainetik.

Zer pentsa ematen dit halako diskurtso batek –eskaintzabatek– bere lekua lortu izanak Tabakalera bezalako “Kultura Garaikidearen Nazioarteko Zentro” batean. Beste nonbait esplikatu dut nire hipotesiak[2]: gero eta errotuagoak ditugun instituzio hauek gero eta parketematizaturiko bizimodu baten parte dira. Bizimodu horretan “aberastasun turistiko” gisa baloratzen da kultura bera, lehenik eta behin, non turistak ez dira kanpokoak soilik, pasian dabiltzanak, geu guztiak baizik. Parke tematikoan, jakiteko den guztia dago gure esku, eta ez zaigu ezer eskatzen jakintza horren truke. Espektakuluaren agertokiak ziztu bizian eta etengabe aldatzen dira –Donostia bezalako hiri baten eskaintza kulturala zorabiatzeko modukoa da– baina guztiek dute ezerezaren zapore hutsala: dena bizkor eta azalean gertatu behar da, ezer gerta ez dadin. Ingurugiro horretan –aipatu nuen “elkarrizketan”– oso urriak dira aukerak, taitxia bezalako ariketa batek ondorio sakonak eragin ditzan. Botere harreman autoritarioek eginak gaudenez eta horrek bereziki sentiberak bilakatzen gaituenez edozein harreman hierarkikoren aurrean, gaitza da ulertzea ere ikasketa harreman batek zer eska dezakeen: desaktibatua dugu aukera bera gertatu aurretik. Horrexegatik Jakituria eta Zoriona agintzen digun Maisu batek aurreko guztiaren ezaxola hasi behar du bere lana: biografia bat duenik ere ukatuz.

[1] Zentzu horretan, Tabakaleran martxan den Ariketak ekimenaren abiapuntuan eskaini nuenaren jarraipen gisa uler liteke nire gogoeta: Eros, Thimos eta Kirol Mobilizazioa. Hiru galdera eta bi gehigarri Ekialde Urruneko begirada batetik.

[2] Ildo hori jorratu dut Taichí en el parque temático artikuluan.




EROS, THIMOS y MOBILIZACION DEPORTIVA Tres preguntas y dos adendas desde una mirada Extremo-Oriental


(Transcripción de la ponencia presentada para la “Gran Conversación” que Tabakalera de San Sebastián organizó el 10 de febrero de 2018 dentro de las jornadas “Ariketak: La segunda respiración”).

UNA. ¿Qué pensarían mis padres, nacidos hace cien años en un mundo rural, transformados obreros industriales más tarde, si contemplaran la actual movilización deportiva?[1]

Para hacernos una idea de la dimensión de la actual movilización deportiva, he consultado los datos del Patronato Municipal de Deportes de San Sebastián, sabiendo que indican una tendencia general. Un tercio aproximado de los 180.000 habitantes de la ciudad está afiliada a dicho patronato: son los 55.000 usuarios de los 20 polideportivos municipales. Estos datos no incluyen a las federaciones deportivas ni al deporte escolar. Según los expertos del Patronato, además, el 60% de la práctica deportiva se practica en la calle, al margen de las instalaciones. Según comentaba aquí mismo Luis de la Cruz, en las últimas décadas se está produciendo un descenso del deporte practicado en grupo a favor del que se practica en soledad, en competición con uno mismo.

Si nos fijamos en el running, paradigma del último caso, en nuestro municipio se organizan 36 carreras al año en las que participan 70.000 personas (y otras 20 carreras más en la comarca). En la más conocida (la media maratón Behobia-San Sebastián) participan unos 30.000 corredores al año, 8.000 de ellos guipuzcoanos (de una población de unos 714.000 habitantes). Más de la mitad de los donostiarras practica algún ejercicio físico dos veces por semana y, al menos una vez, más de los tres cuartos.

No he tomado en cuenta las decenas de instalaciones privadas o las actividades “físicas” que promueve el mismo ayuntamiento –incluidos el yoga o el mindfulness–, desde su Patronato de Cultura. San Sebastián ocupa un puesto comparable al de las ciudades deportivamente más movilizadas de Europa y se encuentra entre los dos municipios de mayor actividad del País Vasco.

No es necesario recordar que todas estas actividades eran completamente extrañas para mis padres y su mundo, lo mismo que para el de mi infancia. Los chicos de entonces jugábamos al fútbol o a la pelota, lo mismo que nos perdíamos por las colinas cercanas para organizar peleas de bandas y otras aventuras bastante extrañas al “espíritu deportivo” actual.

Me he preguntado por las movilizaciones colectivas que se organizaban en la década de 1950, que pudieran tener connotaciones parecidas a ésta –permanentes, por un lado, y necesitadas de fuertes impulsos masivos y regulares por otro–. Y me parece que lo más parecido de aquella época eran las “Misiones Católicas”. Se organizaban todos los años en cada población, incluidas las ciudades, promovidas con un parecido entusiasmo por las autoridades civiles, militares y religiosas de la época. Eran dirigidas por unos atletas de la retórica llamados misioneros, verdaderos coach movilizadores intensivamente preparados para su tarea[2]. Mencionaré dos de estas celebraciones de las que he encontrado un rastro: la organizada en Vitoria en 1951 y la de la comarca de Bilbao –desde Galdakano hasta Portugalete– en 1953.

Vitoria tenía entonces 52.000 habitantes y la misión consiguió cumplir plenamente con sus objetivos, tras dos semanas de agitación: la confesión masiva de la población. En la famosa “Misión del Nervión” que incluía a los cerca de 500.000 habitantes de la comarca, las crónicas de la época hablan de una participación directa de unos 300.000 a lo largo de los cien puntos de misión instalados por los 300 misioneros que dirigieron las tres semanas de su duración. Podemos imaginar la ciudad sembrada de altavoces y los partes permanentes transmitidos por la radio y la prensa de la época, además de las procesiones diarias y otras liturgias[3]. Evidentemente, hay que considerar otras connotaciones de estas celebraciones y, en particular, el impulso del “Nacional Catolicismo” de la postguerra, pero esto no invalida el paralelismo que trato de indicar.

DOS. ¿Que representaba el cuerpo para los campesinos y los obreros industriales, y qué para la mayoría de nosotros?

En el mundo de mis padres y sus antepasados, el cuerpo era una pesada carga. Medio de dura subsistencia y fuente constante de sufrimiento y de peligro. Para liberarse del destino de haber nacido, se creía entonces en un más allá tras la muerte. Para poder sobrevivir convertirse en esclavos de los poderosos, debíamos ser ante todo esclavos en el propio cuerpo, domado para reprimir sus impulsos.

Da la impresión de que en unas pocas décadas nos hemos desplazado al extremo opuesto: una parte considerable de mi generación se levantó contra aquellas concepciones impuestas por el cristianismo en un proceso “secularizador” que, entre otros intentos, trataba de liberarse de la represión ejercida sobre los propios cuerpos. Pero seríamos muy ingenuos si pensáramos que lo ocurrido puede reducirse a términos tan simples. Al nuevo modelo de capitalismo mundializado tampoco le servía la vieja relación con el cuerpo. Resumiendo, podemos asegurar que hoy el cuerpo se ha convertido en un campo de batalla para la consecución de una “salud perfecta”; un espacio entrenado, saludable, transparente y siempre dispuesto para las readaptaciones exigidas por las circunstancias productivas y sociales. Se habla cada vez más de los “cuidados” pero para comprender el alcance de estos cambios creo que es preciso pensar en “antropotécnicas” ya que, entonces y ahora, el cuerpo es siempre reflejo e instrumento del yo requerido por cada época y situación[4].

En este punto nos enfrentamos a una de las paradojas del fenómeno religioso. Por un lado, las técnicas desarrolladas en el ámbito religioso han sido fundamentales para la construcción del yo moderno. Los “Ejercicios Espirituales” de San Ignacio de Loyola como ejercitación autógena serían el ejemplo paradigmático entre nosotros. En este sentido, podemos considerar la religión como un gran malentendido. En palabras de Sloterdijk “la ‘religión’ no es en principio, la mayoría de las veces, otra cosa que un sistema de prácticas mentales malinterpretado y además, con frecuencia, psicodinámicamente descarrilado, tomando como base una ascética a mitad de precio, donde los errores de principiante y las características de la subjetividad patológica se han visto elevados a la categoría de esencia de la Causa”. Como digo, aquel cuerpo reprimido ha dejado de ser funcional en la actual sociedad erotizada imprescindible al desarrollo del último capitalismo mundializado. A diferencia de a nuestros mayores, ahora se nos martillea para hacernos creer que cualquier vacío existencial puede ser llenado si nos rendimos cada instante al impulso de un deseo hostigado por la llamada del consumo. Para el trabajador cognitivo, self-made y autoexplotado, precarizado y sin futuro previsible, es necesario un cuerpo y un espíritu bien entrenados, para los que la pura represión ha dejado de ser útil.

TRES. ¿Qué pensaría un chino de la antigüedad (pongamos que de finales del siglo XIX) si contemplara nuestras actividades físicas y la movilización deportiva de este tiempo?

Lógicamente, tengo que responder a una pregunta previa antes de contestar a ésa: ¿quién soy yo para hablar por la boca de ese chino? Nací en una familia estrictamente católica y fui educado hasta los 17 años por una de las sectas que han ido surgiendo en la Iglesia dedicadas a la formación de los cuerpos y las almas de cada época. Me refiero aquí a los salesianos, surgidos a finales del siglo XIX y principios del XX para la formación de obreros industriales de la segunda industrialización. El mismo nombre del colegio construido por la Caja de Ahorros Provincial para la formación de los jóvenes obreros de la comarca de Pasaia-Rentería lo dice todo: Ciudad Laboral Don Bosco, y fue inaugurada por Franco y varios de sus ministros en 1960. Alentados por el espíritu del 68, yo también me levanté contra todo aquello, en un impulso revolucionario tanto social como corporal. Cuando choqué contra los límites de aquella explosión dirigí como no pocos mi mirada a Oriente y he continuado investigando y transmitiendo algunos de los sistemas y ejercicios aprendidos de China durante cerca de cuarenta años. ¿Cómo puedo explicar hoy la intensidad y la duración de este desplazamiento? Obviamente, han sido los años los que me han hecho consciente de los impulsos que en un principio apenas lo eran, y encuentro dos motivos fundamentales.

Uno: aquellos entrenamientos no negaban el cuerpo. Al contrario, lo trabajaban deliberadamente como base de ejercitación. Pero, al mismo tiempo, dicho cuerpo no era el “cuerpo erótico” del que antes hablaba, sino otro al que podemos denominar “cuerpo thimótico”.

He dicho que el sistema económico, social y cultural de nuestra época está completamente erotizado y, para ello, necesita negar o reprimir las “fuerzas thimóticas”, esas que colocan a cada sujeto ante las preguntas fundamentales sobre sí mismo: lo que es, lo que posee, lo que puede y lo que desea ser. El término griego thimos se refiere a esa otra corriente que convive con eros para cuestionarse por el orgullo, la exigencia de justicia, el sentimiento de dignidad, y ocuparse de la indignación o de los impulsos guerreros o vengadores. Las corrientes psicológicas hoy dominantes –y una particular forma de interpretar el psicoanálisis ha contribuido a ello– tienden a considerar estos impulsos como resultado de la insatisfacción erótica y su “sublimación”[5]. Sin embargo, muchos de los ejercicios que he conocido toman lo agresivo como su materia prima fundamental y procuran, sin negarla, fortalecer una conexión adecuada entre cuerpo y espíritu más allá de la dicotomía característica de la civilización europea. La investigación y el juego con la fuerza y el espacio propio y ajeno son permanentes en dichas prácticas. Si me siguieron interesando, como digo, es porque allí no encontraba la negación y la represión ejercida sobre el cuerpo de la que trataba de librarme, y tampoco la búsqueda de una simple catarsis de las sobrecargas de rabia o impotencia que la neurosis tiende a sublimar. En esas condiciones se hace posible una investigación superadora de las tendencias puramente intelectuales o “terapéuticas” que se me ofrecían por estos pagos.

Dos: no encontré allí la fobia al vacío que también nos caracteriza. Por el contrario, la condición previa a cualquier construcción intelectual era una capacidad probada para el silencio corporal y mental. Los ejercicios que he tenido ocasión de conocer y practicar se convierten así en puertas de acceso a dimensiones desconocidas en cualquier ámbito de lo humano. Ni la ejercitación se convierte en doma represiva de la carne, ni la capacitación técnica es considerada como un fin en sí misma.

Volviendo pues a la pregunta sobre la actual movilización deportiva, la respuesta de ese hipotético chino –la mía– no dejaría lugar a dudas: la actividad física a la que somos empujados hoy masivamente es realmente tosca y torpe, peligrosa y a menudo perjudicial no solo para el cuerpo sino, muy especialmente para el espíritu humano. En nombre de un “cuidado corporal” somos instigados a su explotación intensiva alimentando nuestras tendencias más patológicas: una hiper-competición con nosotros mismos que no puede tener sino efectos destructivos. El trato que damos a nuestros cuerpos no es distinto del que damos al mundo en general.

PRIMERA ADENDA: Oriente y nosotros.

¿Quiere todo esto decir que “la respuesta está en Oriente” como muchos mercaderes del orientalismo pretenden? No. En primer lugar porque las categorías Oriente y Occidente han dejado de ser operativas. Sin negar las diferencias en culturas y situaciones particulares, las tendencias fundamentales son hoy convergentes, y estamos abocados a un modelo de vida único tanto en China como en Europa. Allí de forma incluso más violenta. Por otro lado, sería iluso considerar que el uso de unas u otras técnicas de ejercitación producen efectos tan dispares. Aunque los criterios que subyacen a su diseño –el tipo de ser humano sobre el que están concebidas– sean determinantes. Como digo, dichas concepciones son determinantes en el diseño de las mismas pero no tanto como para que la práctica de unas técnicas traiga necesariamente consigo la comprensión de dichas concepciones y menos aún las transformaciones que ellas implicaran. Cualquier técnica será utilizada, más allá de su concepción original, al servicio de las necesidades implícitas en quien se esfuerza en su práctica. Todos hacemos un uso instrumental de las mismas desde el “lugar” en que nos encontramos y que, en lo profundo, deseamos reforzar.

Por otro lado, el impulso por huir del cuerpo es universal. Los antiguos pretendían una huida absoluta a “otro mundo” tras la muerte o en “otra reencarnación” en la que pudiera superarse la ilusión o la atadura implícita a lo físico. Hoy seguimos empeñados en dicha huida, tras la forma particular de un  supuesto y obsesivo cuidado del cuerpo[6]. Además, el capitalismo más despiadado y previsor ha comprendido ya que algunas de las técnicas orientales convenientemente recicladas pueden ser muy útiles para controlar el nivel de estrés a que se somete al emprendedor autoexplotado, y mejorar así su productividad. En la última cumbre de Davos había una sala de meditación a disposición de los participantes, y las multinacionales punteras de la economía digital han incorporado ya prácticas como el yoga y el mindfulness para lubricar su maquinaria productiva. La clave de lo que trato de explicar estaría pues en una experimentación no instrumental de algunos de los sistemas de los que hablo, pero lo mismo podría decirse del caminar o el correr. Debemos contar con que pronto seremos empujados a la práctica del yoga, el taichí o la meditación para tratar de controlar los estragos del estrés, la ansiedad y la depresión cada vez más endémicos, lo mismo que hoy nos vemos empujados a la práctica deportiva.

La búsqueda de la inmortalidad y el delirio por la eterna juventud han estado presentes en todas las latitudes, más aún quizá en Oriente. Encarnarse es idéntico a abismarse en el vacío para cualquier ser humano. Occidente ha creado un mundo trascendente. Oriente, con el yoga y tantas corrientes alquimistas, ha desarrollado además sofisticados sistemas para escapar de las servidumbres inevitables de habitar este cuerpo mortal.

SEGUNDA ADENDA: algunas características técnicas.

“Así no, pero ¿cómo?” se escucha. Y es una cuestión que no se puede soslayar al hablar, como aquí, de “ejercicios”. Trataré de responder con algunos criterios básicos y los malentendidos que suelen generar muy a menudo.

La relajación física y mental sería la primera condición que permite el acceso a las técnicas que conozco y propongo en mi trabajo. Otra manera de explicarlo sería que la pasividad tiene una importancia cualitativamente superior a la actividad. Y esto genera uno de los principales malentendidos en relación a las “técnicas orientales”, un malentendido que los investigadores universitarios se encargan de alimentar una y otra vez: “Algunas técnicas orientales son excelentes para la relajación, para controlar el nivel de estrés e incluso, para conseguir la felicidad”. Lo cierto es que tal relajación no es el objetivo de ninguna de ellas, y que el primer principio del budismo antiguo habla de la nobleza de Dhukka[7], no de la felicidad. Por eso se confunden estos sistemas con prácticas superficiales de entrenamiento autógeno.

El segundo criterio que quiero destacar se refiere a la relación; una relación dirigida tanto a uno mismo como a su entorno. Y aquí se alza el segundo malentendido, alimentado por tantos “expertos” al insistir en la movilización de sutiles “energías”. ¿A qué se refieren cuando dicen energía? A fluidos misteriosos, a fuerzas sutiles, a poderes extraordinarios. En mi opinión, la idea de relación es, sin embargo, la clave. Una relación que deberemos trabajar para encarar la fragmentación implícita a nuestra naturaleza, y que es la que suele conducirnos a explorar dichas prácticas: son nuestros valores morales en lucha con los deseos, los sentimientos con el cuerpo, etc. Cuando hablamos de energía, debemos referirnos a las e-mociones en primer lugar[8]. Y podremos entender, tras cierto tiempo, que las categorías divisorias tensión/relajación o dentro/fuera son asuntos superficiales propios de principiantes; que siempre habremos de movernos en el cultivo de una fuerza relajada y de una mirada que implique lo interno tanto como lo externo.

A menudo, posturas inmóviles y lentos movimientos ritualizados que pueden parecer ridículos observados desde fuera recogen la esencia de lo que trato de explicar: no llevar nada al extremo, introducirse en círculos continuamente repetidos son parte de la instrucción. Pero éstas no son más que indicaciones orientadoras, resquicios para introducirse en una ejercitación que, para muchos, sólo es fuente de unos sentimientos de frustración e impotencia insuperables. Principios elementales, ineludibles asimismo al referirnos al ejercicio que implica el ámbito creativo que nos es propio. “Mientras no seamos capaces de pensar o hacer tanto con las tripas y el corazón como con la mente, apenas podremos despejar la confusión”.

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Referencias fundamentales:

[1] No hablaré del deporte profesional, del deporte-espectáculo (ése que ocupa tanto espacio en los medios) ni de la economía del deporte (33.000 empresas, 200.000 empleados, 4.5000 millones de euros de facturación en España, según un artículo de esta misma semana).

[2] El movimiento de las misiones proviene de la Contrarreforma católica iniciada en el siglo XVI. y que alcanzó su culminación en los siglos XVIII y XIX. Su desarrollo en el País Vasco está bien documentado por Belén Altuna en El buen vasco. Génesis de la tradición “Euskaldun fededun” (Hiria 2012).

[3] Las grandes misiones de Vitoria (1951) y del Nervión (1953).

[4] Hablo de antropotécnicas en el uso que hace Peter Sloterdijk de este término en Has de cambiar tu vida. Sobre antropotécnica (Pre-Textos 2012): “La respuesta se ha de dar haciendo referencia a la emergencia de la antropotécnica en el “tiempo axial” de la ejercitación. Tan pronto como uno sepa que está poseído por programas que marchan por sí mismos –afectos, costumbres, representaciones– habrá llegado el momento de tomar medidas que rompan ese estado de posesión. El principio de éstas consistiría, como ya se ha señalado, en pasar al otro lado de los sucesos repetitivos. Desde que se ha descubierto en la propia repetición el punto de arranque para adueñarse de ella, tal transición aparece como realizable según reglas precisas. En este descubrimiento la diferencia antropotécnica celebra ya su estreno” (Antropotécnica: volver el poder de la repetición contra la repetición, pág. 256). Una reseña a este libro está disponible en http://juangorostidi.info/has-de-cambiar-tu-vida-de-peter-sloterdijk-de-la-produccion-al-ejercicio/.

[5] Tomo también de Sloterdijk los conceptos de Eros y Thimos, explicados en Ira y tiempo. Ensayo psicopolítico. Siruela 2010.

[6] Esta cuestión está presente en Ser o no ser (un cuerpo) de Santiago Alba Rico, que he reseñado en Una invitación a la caída.

[7] Me refiero a las conocidas “nobles verdades” de budismo primitivo. El término Dhukka suele ser traducido habitualmente como “sufrimiento” en las lenguas occidentales, una traducción muy torpe, a mi modo de ver. La “verdad de dhukka” nos habla de la nobleza de la insatisfacción que caracteriza la conciencia humana.

[8] Se debe al psicoanálisis el descubrimiento de la autonomía y la cualidad mediadora del ámbito emocional, algo conocido intuitiva y prácticamente en muchos sistemas orientales. Trato ampliamente este asunto en la segunda parte de Levantar la mirada (Área 2. Salud, enfermedad, energía, terapia). Un capítulo dedicado al deporte del Área 1 puede leerse aquí.




POSTDATA A LA RESPUESTA A VARGAS LLOSA (un pequeño experimento)


Como he señalado, mi artículo respuesta al de Vargas Llosa fue escrito inmediatamente después del suyo y enviado a El País que rehusó su publicación (“por exceso de originales”). Lo envié después a otros medios, pero no recibí respuesta. Ya que lo había escrito, y aún no tenía este blog, lo envié a algunos amigos y conocidos practicantes de taichi y qi gong. En general, fue bien recibido, pero algunos me confesaron que tampoco les había desagradado, de primeras, la página de Vargas Llosa. Entonces, pensé en hacer un pequeño experimento: propuse a algunos que preguntasen por la impresión que les había causado su artículo, sin mencionarles mi respuesta. Las respuestas recibidas podían reunirse en tres grupos: el de los que lo celebraban e incluso se sentían alagados de la buena propaganda, el de los que lo rechazaban por su confusión y por la ignorancia que expresaba y, finalmente, el de los que aunque hacían matizaciones, agradecían la publicidad.
En cuanto al segundo grupo, estas palabras pueden resumirlo: “Creo que este hombre no tiene ni idea de lo que es este tema, mezcla todo… para mí no merece la pena ni considerarlo. Dice que no ha estudiado el Chi Kung, pues debería, para saber y atreverse a opinar sobre las Artes Marciales… este articulo hace tiempo que salió, y ni los grandes, ni los pequeños maestros del tema, al menos los que yo conozco, lo han considerado, por no merecer la pena”. Para los que le hacen matizaciones, puede servir la opinión de Manuel Rodríguez Salvador en su blog: “Pese a mis críticas en estos aspectos, he de decir me gusta que lo recomiende y me encanta que lo practique, aunque también se confunda afirmando que ‘una sesión completa de Chikung no dura más de media hora’. Y estoy totalmente de acuerdo en que ‘si los miles de millones de bípedos de este planeta dedicaran cada mañana media hora a hacer Chikung habría acaso menos guerras, miseria y sufrimientos y colectividades’. Sin embargo debo añadir que, aunque no esté de acuerdo con el señor Vargas Llosa, todos los beneficios de los que habla se consiguen, también, practicando Taichi. Finalizo diciendo que, por supuesto, lo que más me gusta del artículo es el hecho de que, desde un medio como es El País, se haga buena publicidad del Chikung. Hay que agradecerlo: a quienes somos instructores de Taichi y Chikung y nos dedicamos a este mundillo… nos viene muy bien”.

Postdata V.Llosa. Guy Le Querrec. China 1985. Ciudad Prohibida, palacio imperialpracticantes de taichi en la ciudad prohibida de Pekín. Guy le Querrec, 1985

Pensé que este pequeño incidente revelaba una vez más una cuestión fundamental para los que nos dedicamos a enseñar estas disciplinas:
Los periódicos a los que envié mi artículo, que no simpatizan con las ideas de Vargas Llosa y no me respondieron, lo hacían simplemente porque el tema les parecía una frivolidad. Que este señor se dedique a hacer publicidad a una clínica de la jet y de su fantástica profesora, no es para darle ningún relieve; bastante autobombo se da en El País con todas sus opiniones. Estoy de acuerdo. Pero en lo que no había caído lo suficiente es en que también los temas de los que hablaba son considerados una frivolidad, y eso incumbe directamente a “los administradores” de dichas disciplinas. No creo que “los grandes, o los pequeños maestros del tema” seamos ajenos a esto. Alegrarse de la publicidad (¿queda alguna marca, desde McDonals hasta Roca, que no haya utilizado el taichi, el qi gong o al meditación en sus anuncios?) y quejarse después de que cualquiera se atreve, no me parece congruente.
Somos responsables de que la imagen pública del qi gong en nuestras sociedades sea la de un subproducto del exotismo oriental para consumo de ociosos.




Un elogio insultante de Mario Vargas Llosa


El pasado 24 de agosto, El País publicaba en La cuarta página y firmado por Mario Vargas Llosa, el artículo Elogio del qi gong[1]. En sus párrafos iniciales, el autor nos hablaba del retiro veraniego a que se somete desde hace 27 años en una clínica de Marbella para “desagraviar a mi pobre cuerpo de las duras servidumbres a que lo someto el resto del año”. Y concluye: “Si yo tengo que elegir una sola de esas actividades [físicas], me quedo con el qi gong”.

El primer asombro que provoca el artículo proviene de su arranque. En él, su autor nos presenta la materia de su elogio tras afirmar que “no tiene mucho interés en estudiarla”. ¿Sería posible que un periódico serio publicase artículo semejante si su autor se refiriese a cualquier otra actividad respetable, sea las enfermedades tropicales o los juegos paraolímpicos, la literatura medieval o la moda del barroco? Me temo que no, lo que define el estatus y la respetabilidad que ha logrado el qi gong, así como otras disciplinas orientales divulgadas entre nosotros en las últimas décadas (ya lo insinúa Don Mario: “me encontraré con una de esas mucilaginosas retóricas bobaliconas y seudorreligiosas con que suelen autodignificarse las artes marciales”). Soy practicante de qi gong desde hace 35 años y dirijo la Tai Chi Chuan Eskola de San Sebastián desde 1991. En ella imparto clases y cursos de estas disciplinas, tras un largo y contrastado aprendizaje con diversos maestros orientales y occidentales. Así que, a diferencia del premio nobel, sí que “he estudiado su tradición y filosofía”, como se supone que debería hacer cualquiera que osase impartir una enseñanza en cualquier ámbito de actividad humana.

Para alguien al que “no le interesa averiguar”, las afirmaciones que siguen son tan atrevidas como grotescas. Desde el primer párrafo afirma que “es una práctica china milenaria, que en algún momento remoto se independizó del tronco común del tai chi y que, además de ser exactamente lo contrario de un “arte marcial”, de algún modo difícil de explicar, pero evidente para quien lo ejercita cada día, tiene íntimamente que ver con el sosiego individual y, como proyección máxima, con la civilización y la paz”.

Lo mismo que todo lo que nos viene de Norteamérica debe ser “el último grito” para ser tomado con mediático interés, lo que proviene de China debe ser “una práctica milenaria”. El autor se soporta en este principio, por lo visto inexcusable –ya recurre al mismo modelo en sus primeras líneas con “Algo bueno debe tener el ayuno cuando su práctica forma parte de la historia de todas las religiones occidentales y orientales”– para adelantar sus afirmaciones. Sin embargo, el término qi gong no se creó y utilizó hasta mediados del siglo XX, cuando el gobierno maoísta de China decidió, contra su anterior prohibición, imponer una política de salud pública sin otro coste que las medidas disciplinarias. Asimismo, el taichi no era sino uno entre diversos sistemas marciales semisecretos que tuvieron su último florecimiento en la grave crisis política de los últimos años del siglo XIX. Su divulgación en Occidente como “El Arte Marcial Interno” con milagrosos poderes tanto curativos como marciales proviene de campañas propagandísticas del siglo XX, impulsadas sobre todo a partir del efecto que produjo el recibimiento del primer presidente norteamericano que visitó la China de Mao, Richard Nixon, en 1972. El gobierno chino de entonces preparó concienzudamente un escenario que ratificase la “superioridad cultural de la milenaria tradición china” con exhibiciones masivas de taichi, operaciones sin anestesia con acupuntura, y otros espectáculos admirables. El consumidor occidental corrió presuroso a hacerse con tales tesoros, por fin al alcance de algunos bolsillos. La recepción de dichas disciplinas en los más de 40 años siguientes pueden resumirse, desgraciadamente, en una suerte de tópicos que van desde las explicaciones subrayadas por Vargas Llosa hasta algunas otras que las complementan, y de las que también su artículo se hace eco.

Por una triste coincidencia, algunas páginas más adelante, El País del mismo día, publicaba uno de los capítulos de la serie “Mentes asesinas”, dedicado esta vez a Juan Agilar: El infierno del monje shaolín. El “maestro” mantenía orgías de dominación y sangre en su gimnasio de Bilbao, rezaban los titulares. Vargas Llosa continúa con los tópicos: “Digan lo que digan, las artes marciales no son inocentes: quieren aprovechar lo que hay de primitivo y bestial en el ser humano para convertirlo en una máquina de matar, perfeccionar su innata violencia en bruto en una fuerza destructiva organizada capaz de aniquilar al adversario, así como, de un solo golpe, el brazo musculoso del maestro puede partir en dos una pila de ladrillos. El qi gong, en cambio, quiere liberarlo de esa agresividad congénita y hacerlo descubrir que la vida podría ser mejor si, a la vez que descargamos la ferocidad que nos habita, cada una de nuestras acciones es realizada con la delicadeza y la calma con que ejecutamos los movimientos que conforman su práctica”. ¿Quiere hacernos creer Don Mario que esa alquimia siniestra se realiza mayormente en los gimnasios de Bilbao o Bogotá, de Shanghái o Johannesburgo, donde un puñado de psicópatas orientales u occidentales enseña los trucos para “partir en dos una pila de ladrillos”? Ya que casi cualquier gesto humano es potencialmente agresivo, y más aún sus máquinas, ¿deberíamos prevenirnos, por tanto, de usar ningún vehículo de transporte, de arriesgarnos a un abrazo o de conversar con desconocidos? Hace siglos que el asesinato masivo y las formas de canalizar “una fuerza destructiva organizada capaz de aniquilar al adversario” se desarrollan, se alientan y se ejercitan sistemáticamente en otros centros marciales que no hacen ningún asco a las tecnologías más avanzadas. La aviación tripulada como arma de guerra ya se ejercitó en los albores del siglo XX en el Rif o en la guerra civil española para confirmarse, junto a las armas atómicas, en la Segunda Guerra Mundial. Hoy se practica con drones, como si los muertos ocasionados fueran víctimas virtuales. Sin embargo, el potencial agresivo del gesto humano puede ser trabajado para ser reconocido y controlado, y ésa es la noble función de las disciplinas de lucha ejercitadas en ámbitos protegidos.

Como decía, el término qi gong (literalmente “trabajo con la energía”; habría que dilucidar lo que sugiere a los chinos esta última palabra) abarca cualquier actividad física: desde una postura inmóvil hasta un ejercicio aeróbico, desde un movimiento con claro fin terapéutico hasta el faquirismo que exhiben en nuestros teatros y circos los “verdaderos” monjes del templo de Shaolín. Que Vargas Llosa lo ejercite mirándose al espejo bajo la “grácil y flexible Jeannete… siempre a punto de levitar o desaparecer, acompañada por una música china discreta, lánguida y repetitiva… persuadiendo a los neófitos a que se abandonen al absorbente ritual en pos de salud, belleza y serenidad”, es cosa suya, pero sólo perfila una caricatura infantil.

Que, finalmente, pretenda que su arrobo pueda aplicarse –“bastará con media hora diaria”– a los conflictos humanos que cada día destruyen tantas vidas y lastran a las generaciones con cargas de dolor indigerible, no sólo es una estupidez. Es, sobre todo, un insulto a todos los que se empeñan, cerca de tantas víctimas, en sostener alguna forma de convivencia dignamente viable.

 

Juan Gorostidi Berrondo

Director de Tai Chi Chuan Eskola de San Sebastián

[1] El País se ha negado a publicar la presente respuesta como ‘derecho a réplica’.