SIETE ESTRELLAS SOBRE EL ROJO DE MADRID

(Escrito en Madrid, en marzo de 2004)

 “Hoy en día la excitabilidad constituye el primer deber del ciudadano. Por esta razón ya no necesitamos ningún servicio militar obligatorio. Lo que sí resulta exigible es el servicio a los temas generales, es decir, la disposición individual a desempeñar la función como conductor del estímulo en el marco de las psicosis colectivas pertinentes. Se exige, pues, estar disponible en la movilización de las consignas. Y quien hoy se niega a aceptar este papel se convierte, bajo la mirada del servicio a la identidad que la sociedad reclama a sus miembros, en un disidente en el sentido estricto de la expresión, en alguien que manifiesta: “antes de hacer uso de un arma al servicio de mi país, prefiero cuidar a viejos incontinentes”. Peter Sloterdijk

UNO. Mi gente

Hoy también he cogido el tren, como en cada mañana de mis sábados en Madrid. El sol de invierno no ha conseguido aún caldear el ambiente. Están montando el mercadillo de Aluche cuando paso y reparo en los grupos de ecuatorianos, rusos, gitanos o payos, cada uno a lo suyo.

Monto y en el vagón casi vacío, se ha sentado ante mí. Lleva barba de días y pequeñas heridas recientes en la cara. Una cara que me resulta tan noble como rigurosa. Comienza a abrir el paquete que lleva, a despegar la cinta adhesiva con sumo cuidado, a rescatar los periódicos, los libros y las cajas de golosinas envueltas en celofán brillante.

¿Por qué me ha atrapado este hombre solo que detiene su tiempo en el pausado mirar, tocar y sopesar sus objetos? Creo que es el gesto de su boca, la mandíbula apretada y las comisuras de sus labios hacia abajo, que mantiene todo el rato. Ese rostro que exterioriza tanto la dignidad como la decisión de controlar una emoción que pugna por salir…

O quizá porque veo en él al extranjero que también me habita. Porque aunque esté tan lejos de su casa, alguien se acuerda de él. Casi puedo percibir cómo se acelera su corazón, y cómo se siente alguien. Alguien único, capaz de entender los signos cirílicos que ilustran esos libros, periódicos y cajas, adornadas con unos dibujos tan kisch. El hombre que más adelante, sin ninguna prisa, abrirá y disfrutará de esos tesoros que ahora le pertenecen.

La imagen de este hombre me viene una y otra vez tras la noticia de la masacre de Madrid. La de esos trenes tempraneros que nos acercan hasta Atocha. Esos trenes llenos de gente de tantos sitios rendida a la vida pero con suficiente coraje como para continuar. Gente que, como yo, las cicatrices a la vista y un tesoro en sus manos, aprieta los dientes pero no puede, por esta vez, contener su llanto.

DOS. Señales

He vuelto a Madrid, apenas ocho días después de que explotaran las bombas. A esta ciudad que percibo más mía y, a la vez, más desconocida. También hoy me he apeado en Atocha, y mi atención estaba más despierta tratando de captar algo. No percibo nada especial.

Es un día claro, y sigo mi camino habitual, calle Delicias abajo, esperando aún algún rastro, alguna señal. Y por fin la recibo como algo que concierne a todo el espacio desde la estación: todo está mucho más limpio, extrañamente limpio. Como si los barrenderos y las limpiadoras se hubieran esmerado estos días, dejando para otro día los comentarios triviales, más concentrados en su trabajo. Como si los que escupen al suelo o tiran un envoltorio, casi sin darse cuenta, se hubieran inhibido esta vez.

Porque, en medio de la tragedia, todos queremos alistarnos entre los inocentes, atentos a no hacer ningún gesto, ningún acto que pudiera resultar inapropiado.

Hay otra señal que también percibo: como siempre, la calle está llena de gentes de distintos orígenes y razas, pero esta vez no veo a nadie de aspecto árabe. Ni una sola persona en mi largo recorrido.

TRES. Lavapiés

Lavapiés es el barrio de Madrid donde más razas conviven. Una historia que viene de lejos. Allí estaba la judería, y allí tuvieron que sufrir uno de los primeros gettos europeos. Obligados a construir con sus propias manos un muro de ladrillo en el que fueron confinados en 1391, para ser masacrados impunemente a continuación, hasta que los Reyes Católicos decretaran su expulsión cien años más tarde. Allí se construyó después la cárcel de la Inquisición (“para encerrar a esos cerdos que se cristianizaron con embustes”, en palabras de Alonso de Espina, confesor real de la época)…

Esta cárcel ha desaparecido de Lavapiés, pero es allí donde ha ido la policía a por los presuntos autores de la masacre. Han registrado edificios enteros, tras bloquear sus salidas. Con fotografías en las manos, recorriendo casa por casa, interrogando a los vecinos.

Doce días después de los hechos, he comenzado a ver en mis recorridos a los primeros árabes en las estaciones, en las calles. Son pocos porque la mayoría sigue sin atreverse a salir, si no es a lugares y quehaceres inevitables y de confianza. Nadie ha formulado ninguna protesta: no han respetado nuestra presunción de inocencia o no hemos recibido un trato digno. Cuando han hablado, lo han hecho con su voz más baja: también nosotros somos víctimas. Se saben supervivientes obligados a soportar una vez más la suerte que el destino les depare.

Mi amiga me lleva a la tetería Al-Aman. Somos los únicos no-árabes y ella la única mujer, pero sus conocidos le saludan con respeto y me presenta: Mohamed, Juan, encantado. La mano que me dan se la llevan después al corazón, y hacen una pequeña reverencia sosteniendo mi mirada.

Nos sentamos y charlamos. Me tomo mi puré de guisantes y ella su té verde, pero los ojos se me van al que despacha su guiso con las manos en la mesa de enfrente. Percibo la preocupación en el ir y venir de los hombres. Nadie hace comentarios gratuitos ni se  ríe.

Ya en la calle, vuelvo a ver a los africanos negros, a los ecuatorianos, al continuo trajinar de los chinos descargando paquetes de telas para sus talleres subterráneos. Casi nadie de mi raza.

CUATRO. ¿Por qué lloras?

Cuando me encuentro con mis amigos, nos sentamos y les pregunto qué tal. Algunos callan, otros no pueden sostener su llanto. ¿Por qué lloras?, nos preguntamos.

No es indiscreción, queremos ir un poco más allá de la cortesía. Tratamos de ofrecer palabras, además de consuelo. Queremos saber cómo decimos nuestro dolor.

  • Lloro de rabia y desesperación. Nuestra vida instalada en el lujo se ha terminado”, dice Lucía. “En su lugar, el dolor y la culpa, el sinsentido humano llenándolo todo…”.
  • Lloro por desbordamiento”, dice María. “En situaciones así me olvido de mi misma y desaparezco en los otros. Y me pierdo en su desasosiego sufriente”.
  • Yo soy extranjera”, nos cuenta Sylvia. “Aunque lleve treinta años aquí, lo soy. Y estos días, he recibido tantas llamadas de mi país… La familia, los amigos; todos estamos bien les he respondido, pero se me ha hecho un nudo en el pecho que no puedo soltar”. Ella ha sido la última en dejar el llanto y hablar: “lloro cuando pienso en que si algo me ocurriera, toda esa gente se preocupa por mí. Me angustio y me deshago porque me siento querida”.

Son mujeres las que lloran. Los hombres esta vez nos expresamos desde otra distancia: “la vida continúa” o “tenemos que hacemos cargo de la situación” decimos, más serios que de costumbre, más preocupados.

CINCO. Velas

Hay miles de velas encendidas en la estación de Atocha. Junto con pasquines escritos a mano, dibujos, fotos o banderas; gritos silenciosos de rabia, expresiones de apoyo. Hay peluches de niño y vírgenes pero, ante todo, un mar de velas que parecen sostener con sus frágiles llamas el recuerdo de los muertos y el testimonio de los vivos.

Me muevo y observo esta ceremonia sin oficiantes ni claros perfiles. Pero no falta  el ritual para canalizar los sentimientos: esa manera de movemos, de caminar; la forma en que algunos se agachan para volver a encender las velas que se apagaron, la cercanía física en la que permanecemos, la manera de dirigir nuestras miradas… Y sosteniendo todo esto, el calor de tantas velas, este extraño horno que crea la reunión de todas las llamas y que tanto me sorprende por su intensidad. Su ardor seca el aire y los rostros, y otorga a los ojos el brillo adecuado de los duelos.

SEIS. Santa Eugenia, El Pozo

 Yo también he tomado este tren, a sabiendas de que no hubiera visitado El Pozo del Tío Raimundo ni Santa Eugenia de no haber ocurrido algo así. Han pasado diez días desde la matanza y en cada estación se repiten las escenas de Atocha: las velas rojas y los afiches, las fotos y las flores. Pero cuando, dejando las estaciones, me meto entre las casas, encuentro un paraje desolado: calles vacías, sin un alma, edificios iguales, viviendas ubicadas en ningún lugar…

Hace treinta o cuarenta años, los más pobres fueron apilándose en este sur como un ejército de supervivientes. Habitaban las chabolas y la miseria, y algunos, también el coraje y la lucha por algo mejor.

Pero ahora que ya no quedan casi chabolas, Madrid se me hace un monstruo de ladrillo y hormigón que avanza hacia aquel sur, devorándolo todo a su paso. Estoy seguro de que en estas viviendas la vida será más digna que en aquellas barriadas, pero en estos días en que la muerte ha mostrado su rostro, estos son parajes yermos.

Van quedando menos velas encendidas, muchas parecen sucias y las flores se han marchitado, de manera que aún se destacan más esos iconos torturados que parecían de otro tiempo, cristos crucificados y dolorosas.

En unos días retirarán estos rastros y los sustituirán por algún monumento de piedra o metal, cuando la cicatrices de sus heridas apenas se distingan de todas las demás.

SIETE. Pharmakon

Durante estos días, el gobierno de la Comunidad de Madrid ha ocupado con un comunicado la mayoría de los espacios de publicidad del metro: “La Comunidad de Madrid agradecida”. Es un comunicado lleno de grandes palabras, sin imágenes. Son momentos solemnes donde sólo se permite pensar y decir en blanco o en negro.

El negro está reservado para el primero de sus siete párrafos: “Madrid acaba de sufrir la mayor catástrofe de su historia”. Sloterdijk: “En la arena política, el recuerdo siempre se utiliza como pharmakon o como arma. En este terreno es soberano quien decide acerca de la dosis que hay que tomar”. Las autoridades parecen tener una dosis única, y nos la ofrecen tal cual. “…la acción criminal de unos asesinos sin entrañas”, continúa el párrafo dedicado a las palabras negras.

Los tres párrafos siguientes están llenos de palabras blancas: agradecimiento a los profesionales, a los vecinos, a los españoles, a los extranjeros, a todos. Porque todos hemos estado en el lugar que nos correspondía. El quinto dice así: “Este agradecimiento tiene que llegar también a todos los medios de comunicación que ayudaron desde el primer momento a informar a los ciudadanos y que siguen ayudando a las víctimas con su apoyo y acción constantes”.

Dicen todos y dicen siempre: “Podemos afirmar con orgullo que los madrileños, todos los madrileños, supieron cumplir con sus deberes cívicos… todos han cumplido con su deber”. Perversión aduladora.

Para terminar, cambian a tercera persona y nos convierten en héroes anónimos: “Ellos han escrito una de las grandes páginas de la historia de Madrid, que estará para siempre junto a las más heroicas de la larga historia madrileña”.

Como yo, muchos se detienen a leer el comunicado. A tratar de dar con la dosis adecuada que no disuelva por completo nuestra soberanía.

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