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INDÍGENAS, COLONOS, MISIONEROS (verano de 2019 en Ecuador)

(versión castellana de la publicación en ARGIA: https://www.argia.eus/argia-astekaria/2667/indigenen-olatu-berria)

Cada continente es demasiado grande para cada uno de nosotros.; en nuestro fuero interno, representa la dimensión de la tierra. Más allá de él, los mares y los cielos, y ese símbolo del infinito y de toda trascendencia que llamamos horizonte. Pero América –Abya Yala para sus pueblos originarios– no es un continente más. Además de ser, junto con Asia, el más extenso, es el único que va del extremo norte al extremo sur del planeta –la unidad sin cortes de Europa y África podría servirnos de referencia en más de un aspecto.

Ecuador ocupa un lugar particular en ese universo, y no sólo porque está situada en su “cintura”. También porque recoge en sí mismo las tensiones y las distensiones de todo el continente. En el siglo de las independencias de los Estados americanos, fue tironeado por unos para formar parte de la “Gran Colombia”, y por otros para ser absorbida por Perú (las guerras intermitentes con este país no han cesado desde entonces, la última acabó en 1995). Aunque menor en superficie que los países que la rodean, alberga en su seno enormes contrastes: pueblos andinos y culturas de la Amazonia y la costa; el desierto y la selva; ciudades a más de tres mil metros de altitud y costas tropicales; gentes de todos los orígenes y, sobre todo, una gran variedad de pueblos originarios, los “indígenas” que representan una parte muy notable de su población, y la parte mejor estructurada y con mayor potencial social, aunque secularmente marginada y despreciada.

Son pocas las noticias que nos llegan desde allí hasta este lado del mundo, pero los disturbios del pasado mes de octubre han vuelto a colocarla en nuestros noticiarios, con el peligro de que la juzguemos con nuestros propios esquemas. Intentaré ir algo más allá en las páginas que siguen.

Los antiguos viajeros necesitaban más de un mes para cubrir la distancia que separa a Europa de América; un tránsito excesivo para transitar, con medios tan frágiles, el profundo, poderoso y caprichoso abismo del océano. No es extraño que aquellos navegantes de hace 500, 400 o 200 años se postraran en tierra y agradecieran a los dioses o al destino su fortuna, sintiéndose muy poca cosa.

Cuánto ha cambiado esta percepción para cualquiera de nosotros que embarca en Madrid o París y aterriza en pocas horas –apenas un día– en Nueva York o en Buenos Aires. El cuerpo percibe el choque del desplazamiento que achacamos al cambio horario, el jet lag. No entenderíamos a aquellos nativos que unos exploradores contrataron para su viaje a pie por los Andes –según cuenta Michael Ende en uno de sus apuntes– y que, en medio de su tercer día, se sentaron en el suelo sin dar ninguna explicación y sin reaccionar a los ruegos y a las amenazas de los blancos. Dos días después, y con las mismas, volvieron a ponerse en marcha. “Habíamos ido demasiado aprisa, por eso tuvimos que esperar hasta que nuestras almas nos dieran alcance” fue su explicación varios días después.

Queriendo conjurar todo esto, me dirigí a América para tres meses el pasado verano; de este a oeste primero, sin cambio de latitud, –de Madrid a Nueva York–; de norte a sur unas semanas después, pasando por Martinica. Por fin, alejado en el tiempo de Europa –“recogida mi alma”– aunque rodeado siempre de europeos de origen, di el salto hasta Ecuador. Pasé allí de la costa de Guayaquil a los 2.560 metros de altitud de la ciudad de Cuenca, 300 kilómetros por debajo de la línea del ecuador, y allí se produciría el cambio más radical: más allá de mis amigos, la mayoría de sus habitantes no es de origen europeo, y uno tiene la impresión de moverse por un tiempo que no le pertenece.

Como “turista concienciado” me tenía prohibidos los hoteles y los circuitos turísticos. Si paré en Cuenca fue por la invitación de mi amiga Pilar que residía allí desde hace tiempo. No me movería de la ciudad si no era con los medios y para los viajes que realiza cualquier vecino. Paseando por sus calles, comiendo en sus mercados o acercándome a su biblioteca y su casa de cultura, tenía la impresión de tocar algo de la vida europea hace cien o doscientos años, consciente a la vez de su absoluta contemporaneidad. En su casco antiguo –“Patrimonio Cultural de la Humanidad”–, abunda la arquitectura de la época colonial, aunque los patios de las casas hayan sido transformados en parqueaderos para coches. Al mismo tiempo, los establecimientos de artesanos zapateros, panaderos, costureros, abogados o mecánicos, ocupan la mayoría de los bajos de casas de una o dos alturas y a menudo sirven a la vez de vivienda y taller. Como si la era digital se hiciese esperar, a no ser por la cantidad de tiendas de telefonía que llenan también las calles. O los establecimientos con las últimas novedades en cine y música en CD o DVD, tan abundantes y recién descargados de la red, lo mismo que los libros que se venden fotocopiados en cualquier papelería a módicos precios.

Comedor en el mercado 10 de agosto en Cuenca

Aceptando la primera invitación, me dirigí en bus hacia la montaña, acompañando a un chamán cargado de bultos. No tenía aspecto de “indio”, pero iba a dirigir la ceremonia de clausura de un encuentro de jóvenes promovido por la prefectura recién elegida. Según ascendíamos –de los 2.500 a los 3.000 metros– el paisaje se iba transformando: las tierras de cultivo y las plantaciones de eucaliptos de la parte baja, se transformaban en bosque primario con variedades desconocidas para mí, junto con caseríos y ganado. El bus nos dejó en un pueblo de montaña, y allí mi anfitrión tuvo que regatear con varios taxi-pick-up hasta cerrar el trato. La carretera asfaltada acabó pronto, y tras perdernos un par de veces por pistas de bosque, llegamos a la sede del encuentro, un lugar espléndido bajo la doble cascada de unos 100 metros de caída –el chorro de Girón– que surgía de las planicies de lagunas de Kimsakocha. Una portavoz del encuentro me explicó que se habían reunido durante cuatro días unos doscientos jóvenes del cauce del Jibones y de los alrededores de Cuenca. Habían bautizado al encuentro como “Yaku Wambrakuna”, uniendo los términos “agua” y “juventud” y, cuando llegamos, representaban con música y teatro la lucha por el agua frente a poderosos enemigos. A continuación, leyeron el comunicado que cerraba las jornadas: “…el análisis de la realidad circundante nos llena de tristeza y desesperanza y hoy con rebeldía, como lo hicieron nuestros antepasados nos replanteamos resurgir como portadores de la esperanza para esos cambios profundos y urgentes que nuestros corazones tanto anhelan… los jóvenes no heredaremos esa práctica política decadente donde la inversión económica es el eje principal para comprar y engañar conciencias, al igual que rechazamos que las luchas sociales se utilicen como plataformas políticas… Planteamos que la política se fundamente en la austeridad y en la ética, y asimismo llamamos a sumarnos a esas luchas colectivas que buscan fines comunes, reconociendo las diversas formas de expresar la lucha como las movilizaciones, la comunicación y la cultura que convierte al arte, para nosotros los jóvenes, en herramienta fundamental para generar conciencia y fortalecer nuestras luchas”. Me sorprendió el tono de aquellas palabras, su madurez. A continuación, un ritual que se prolongó por un par de horas, alrededor de una gran “chacana” dibujada en el suelo con las semillas de diversos colores, base de la agricultura tradicional, con una espiral en el centro. Este mandala –una cruz regular y un cuadrado menor, superpuestos– señala las puertas a las cuatro direcciones cargadas de simbolismo. Fuego, cánticos, danzas, silencios… Para acabar, la “pampa mesa”, la comida comunitaria tradicional donde se comparten los alimentos sobre un largo mantel extendido en el suelo, de donde cada uno toma lo que necesita.

La palabra yaku (“agua” en kichwa) estaba muy presente en ese entorno y era, justamente, el nombre que había adoptado para sí recientemente el primer indígena elegido para prefecto de la región del Azuay. Yaku Pérez Guartambel había sido presidente de la principal confederación de los pueblos kichwa de la sierra ecuatoriana (ECUARUNARI), constituida cincuenta años atrás. Se había destacado en las luchas por la defensa del agua contra las políticas de extractivismo minero para Kimsakocha, y había sido detenido en repetidas ocasiones. Era una de las figuras destacadas del movimiento indígena ecuatoriano y andino. ¿Sería posible concertar una cita con él? Sí que lo sería. En su agenda, reservaba dos días por semana para recibir a cualquier persona o colectivo y escuchar sus demandas. Bastó con indicar mi interés a la persona que organizaba sus recepciones para concertar nuestra cita.

Chakana en el encuentro juvenil de Girón

Disponía de una semana y me acerqué a la biblioteca para conocer los libros que había publicado. Abogado de formación y profesor universitario de derecho, su obra más extensa trataba de la justicia indígena. Más recientemente había publicado “Agua u oro. Kimsakocha, la resistencia por el agua”, “Reforma educativa y etnocidio cultural” (desde el consejo de gobierno de ECUARUNARI) y, finalmente, “La Resistencia”. ¿Qué condiciones se me hubieran requerido en Europa para entrevistar a un prefecto regional como el de Azuay, que incluye la tercera ciudad en población del país? Nos movíamos con parámetros diferentes.

Como en casi toda América, me iba encontrando con una gran cantidad de apellidos vascos. En un viejo convento, me contaron las hazañas y la muerte violenta del espadachín Zavala. Los Ochoa, los Larrea o los Luzuriaga eran corrientes. Y, cómo no, los Aguirre. Por estos parajes deambuló el conocido héroe o antihéroe que desafió abiertamente al todopoderoso emperador Felipe II en busca de El Dorado y de camino a la conquista del Perú. “¿Vascos?”, me preguntaban algo sorprendidos los que escuchaban mis comentarios etimológicos –aquello significaba bien poco por allí.

Según los datos publicados, sólo un 8% de la población encuestada en Ecuador se tiene por “indígena”, mientras que los líderes de sus comunidades calculan que se trata de un 30%. No es difícil entender el desfase: tras siglos de racismo y desprecio, una mayoría asume la supervivencia humillada. Pero las cosas se transforman cuando la comunidad se levanta, y las organizaciones indígenas asumen el liderazgo. En las pasadas revueltas de octubre, los transportistas y los sindicatos obreros respondieron también de inmediato contra el decreto del gobierno, pero recularon en seguida. No así los indígenas, que anunciaron su marcha a la capital. Bastó ese anuncio para que el gobierno se trasladara de Quito a Guayaquil, “una ciudad más segura”, contra lo que proclaman las estadísticas y las páginas de sucesos de los diarios. Una semana más tarde, el gobierno y el resto de mandatarios accedían a sentarse en Quito con los representantes de la CONAIE, la federación que reúne a los pueblos originarios, tanto de la sierra como de la selva, para retirar públicamente el decreto que había ocasionado las movilizaciones. Hasta ese momento los movilizados, duramente reprimidos, no recibieron más que insultos y amenazas –“holgazanes”, marionetas al servicio del gobierno venezolano, del corrupto expresidente Correa, terroristas…–. “¡Volved al páramo!”, les gritaban en la calle; aunque no fueron pocos los que les acogían y apoyaban. Finalmente, los poderosos tuvieron que aceptar la negociación directa ante las cámaras de televisión y la retirada del “decretazo”.

¿Qué es lo que hace diverso este lugar?, me preguntaba una y otra vez, aun antes de estos disturbios. Había regresado y seguía a diario las noticias que llegaban, los análisis que los medios progresistas hacían de la situación. Efectivamente, se trataba del rechazo de las medidas neoliberales impuestas por el FMI, pero había algo más que no percibían, por ejemplo, los eurodiputados de izquierdas que flanqueaban a Correa desde Bruselas. Los esquemas y los estereotipos (“gobiernos y movimientos progresistas frente a políticas neoliberales de gobiernos de derechas”) siguen imponiéndose, haciendo tabula rasa de todo lo que recorre el continente, pero algo que particulariza cada lugar –acaso lo más significativo– se nos sigue escapando.

Las ocho semanas que viví en Cuenca pasaron rápidamente. Tuve ocasión de acercarme a Macas, la ciudad en el Amazonas construida al calor de las primeras explotaciones petroleras en los 70, y de hacer una excursión por el parque natural de Cajas, el “paramo” entre 3.500 y 4.000 metros de altitud. Aunque nosotros identifiquemos ese término con zonas desérticas, algo muy distinto ocurre allí: la flora y la fauna son de una riqueza extraordinaria, y existen bosques con árboles que sólo crecen en esas alturas. Urracas de color turquesa, osos y lobos autóctonos, las familias de los pequeños camélidos: alpacas, vicuñas, llamas… Y el agua impregnándolo todo: lagunas y estanques, y un musgo empapado que tapiza la tierra. Aunque me costaba respirar, no podía abandonar la ilusión de percibir algo del mundo anterior a que el ser humano lo dotara de nombre.

En el Parque Nacional de Cajas

Los pueblos originarios del continente se hacen constantemente presentes también en Ecuador; tan negados como presentes, e incluso el nombre con el que lo asignamos con naturalidad –América– comienza a ser cuestionado frente al “Abya Yala” con que ellos lo nombran.

En los apellidos, en las placas de calles y plazas, los nombres de origen europeo lo ocupan todo, y un “turista concienciado” como yo tiene sentimientos encontrados. Quizá de sentimientos semejantes, aunque mucho más intensos, surgiera la “tercera vía” que algunos adoptaron: la opción de los misioneros. Una opción ambivalente desde el comienzo, al servir de coartada legitimadora para la más cruda de las opresiones y, a la vez, de primera y casi única denuncia de las mismas. Aproveché mis visitas a Quito y a Guayaquil para reencontrarme con algunos amigos de juventud que habían hecho esa opción extrema. Después de tantas décadas, me resultaba entrañable lo cerca que podíamos sentirnos, y volví a pensar que esta vía, vigente desde el inicio de la conquista, merecería una consideración más atenta. El apoyo internacionalista de los voluntarios que se sumaban a los movimientos guerrilleros de los 70 y los 80, así como la entrega de algunas ONG, pertenecen, sin duda, a esta “tercera vía”.

Pero no estaba en la Cuba de los 60, en la Nicaragua de los 80 ni en el zapatismo de Chiapas del cambio de siglo. No es que Ecuador no hubiera tenido sus movimientos guerrilleros pero, como tantas otras cosas, nos habían pasado desapercibidos –la verdad es que tampoco ayudaba que el último de ellos, que entregó sus armas en 1991, tuviera un nombre más propio de un corrido mejicano, el AVC, “Alfaro Vive, Carajo!” que de un movimiento de liberación–. Pero ahí continúan los misioneros, y las iglesias católicas rebosan de fieles y, según me contaron mis amigos misioneros, algún religioso se interna aún en la selva, y es adoptado por los pueblos más apartados convirtiéndose en uno más de entre ellos…

Son impresiones tan sutiles como duraderas que me quedan como otro aire que aún pudiera respirar, y que más de una vez me conducen a la cuestión: ¿con cuál de las tres posiciones vitales –la del colono, la del indígena y la del misionero–debería identificarme? Mientras tanto, procuro que el trato delicado y las poderosas medicinas que me ofrecieron surtan sus efectos.

Vendedoras en el mercado 10 de agosto en Cuenca

Algunas referencias:

INREDH, por los derechos humanos, de los pueblos y la naturaleza https://www.inredh.org/

Revista Andina de Estudios Políticos: http://www.iepa.org.pe/raep/index.php/ojs

Organizaciones de los pueblos originarios de Ecuador:

Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE)

Confederación Kichwa del Ecuador (ECUARUNARI)

Federación de Organizaciones Indígenas y Campesinas de Azuay (FOA)

(Mil gracias a Pilar, Riqui, Lurdes, Ana, Kati, Daniava, Rodrigo, Bernardo, Yaku, Kléver, Santiago, Celso, Mónica, Josetxo, Juan Mari… y a tantos otros que me permitieron sentirme como en casa).