1

TAICHI EN EL PARQUE TEMÁTICO (tras una conversación imposible con Yuan Limin)

Entre las películas de Jia Zhangke que he ido conociendo en los últimos años, Shijie (“El Mundo”, 2004) es la que me ha dado más que pensar. Shijie es el nombre de uno de los muchos parques temáticos que han ido instalándose con gran éxito en Pekín y en el resto de ciudades chinas en las últimas décadas. Allí, uno puede visitar reproducciones a un tamaño aceptable (si la torre Eiffel es de 300 metros, la de Shijie tiene 100) muchos de los monumentos icónicos del mundo: el Manhattan de las torres gemelas –“aunque hayan sido destruidas, aquí se mantienen”–, las pirámides de Egipto o el Taj Mahal, por ejemplo, sin salir de un perímetro asequible. Todo ello, punteado con espectáculos de danzas exóticas, restaurantes, etc. Uno puede sacarse la típica foto sosteniendo la torre de Pisa o pasearse en camello por el desierto egipcio sin las incomodidades y los costes que los viajes reales acarrean. No es difícil entender que esta forma de excursionismo tenga tanto éxito allí: en realidad, esta manera aún tosca de virtualidad es la que se irá perfeccionando de manera que podamos vivir todas las experiencias imaginables sin movernos de nuestra casa. ¿Se cerrará así el círculo y podremos comprender cabalmente el sentido profundo del Laozi: “Sin ir más allá de nuestra puerta podemos conocer el mundo. Sin asomarnos a nuestra ventana podemos conocer los Caminos del Cielo”?

Pero en la película y en nuestra vida, el parque temático es sólo un escenario; lo real transcurre debajo: los dramas vitales de los que trabajan sosteniendo y animando el tinglado: jóvenes emigrados de zonas rurales a buscarse la vida que actúan de bailarinas o guardas de seguridad, y la comparten en los sótanos y los suburbios junto con otros paisanos trabajadores de la construcción o la limpieza. Allí ocurren los encuentros y los desencuentros, los desarraigos y las tragedias.

Las montañas de Wudang y el templo de Shaolín son actualmente dos de los lugares de peregrinaje chinos con más solera. Representan los lugares de origen de dos de las tradiciones de sabiduría más importantes de allí: “la cuna del taoísmo” (los templos de las montañas de Wudang) y “el epicentro del budismo chino” (Shaolín). Sus monjes son depositarios de poderes sobrehumanos y de una sabiduría insondable en las leyendas a los que son tan aficionados por aquellos pagos, y en las últimas décadas también estos lugares se han convertido en parques temáticos a los que acuden millones de turistas nativos y extranjeros para degustar las esencias “desde sus propias fuentes”. Los templos y sus franquicias se han convertido en lugares para turistas donde se ofician los cultos y se realizan exhibiciones y visitas guiadas. Cuando concluye la jornada, visitantes y “monjes” cierran las instalaciones y vuelven a hoteles y domicilios hasta el día siguiente. Así que la “vida monástica” ha desaparecido y se han multiplicado las “escuelas” donde se imparten cursos acelerados de distintas disciplinas asequibles a quien quiera pagarlos. Además, “monjes” y “abades” recorren el mundo ofreciendo sus exhibiciones y montando también sus franquicias. “La sabiduría del taichí no corresponde a los chinos, es un bien actualmente universal”, se explicó Yuan Limin en el encuentro público en Tabakalera el pasado julio. Las torres gemelas han sido destruidas, pero uno puede verlas y visitarlas intactas en Shijie.

Es este encuentro que mantuvimos el que me ha recordado la película cuando he tratado de contestar a la pregunta que me hicieron algunos amigos sobre nuestra “conversación”. Yo tenía que contestarles, para empezar, que tal conversación no existió. Que cada uno de nosotros desarrolló su propio discurso, y que no hubo el más mínimo cruce, la más mínima confrontación. “Claro –pensaría alguna–, como maestros de taichí, cada uno aportaba su propia experiencia, y vuestros acercamientos serían complementarios”. “No –tenía que aclarar–. Nuestros planteamientos son incompatibles y yo realicé un cuestionamiento radical de su discurso en el que se vendía el taichí como panacea salvadora: “el taichí es la expresión de la sabiduría de la filosofía china para curar las enfermedades del cuerpo y desterrar la ignorancia y el egoísmo; para hacernos sabios y felices” fue el resumen del mensaje de Yuan Limin. Muy al contrario, yo insistí en que vender hoy este discurso está lejos de ser inocente –mencioné el ejemplo del “falso Shaolín” de Bilbao que utilizaba frases semejantes–. Recordé que “al movilizado mundo occidental no se le puede ayudar con simples importaciones de Asia, como pretende el Americotaoísmo que, ante la crisis de Occidente, reacciona con la importación holística de fast food chino” (palabras que comparto de Peter Sloterdijk en su Eurotaoísmo de 1989). Afirmé que Zhang Sanfeng (el nombre del mítico personaje creador del taichí, de cuyo templo en Wudang Yuan Limin es abad) es pura leyenda, y hablé de las renuncias que un maestro debe realizar para que pueda ser respetable: “un maestro no se exhibe ni física ni verbalmente pero, ante todo, un maestro se abstiene de prometer beneficios y, más aún, de prometer la salvación; un maestro ha debido morir más de una vez para evitar alimentar delirios de inmortalidad o invulnerabilidad que se prestan a ser fantaseados en nuestras prácticas. En caso contrario, utilizará las fantasías de sus alumnos para alimentar los propios delirios…”. Yuan Limin no aludió a ninguna de estos emplazamientos ni a otros comentarios sobre la reciente historia China en relación con las prácticas que comentamos. Afirmó que allí “ha quedado atrás la inestabilidad y la cultura ha comenzado a restaurarse” sin ninguna consideración a los miles o millones de detenidos, torturados, asesinados o recluidos en campos de concentración, acusados de “tratar de destruir al Estado” practicando simples ejercicios de qi gong, como es el caso de Falun Dafa.

https://www.youtube.com/watch?v=w2BIyBOaEV4

No deja de resultarme sorprendente que el presentado como “maestro” eludiera todos estos emplazamientos y que no fuera invitado a comentarlos siquiera. La moderadora no le invitó a pronunciarse sobre estos asuntos –que quizá no captaba en su justa medida por problemas de traducción– y, como para otros asistentes significativos, mis afirmaciones parecían ser recibidos como comentarios agresivos y fuera de lugar.

Podríamos conjeturar diversas explicaciones para este desencuentro general, pero a mí me hace pensar en el parque temático que mediatiza cada vez más nuestras escenificaciones de contacto con realidades por las que sentimos curiosidad o interés. Como una ciudad que recibe cada día su oleada de turistas que, siendo distintos cada día, son siempre los mismos –las pernoctaciones en Donostia no pasan casi nunca de una sola noche–. Visitantes siempre iguales en su imposibilidad de establecer algún contacto real con la vida de esa ciudad que miran; una ciudad que se presenta a su vez como un escaparate con sus espectáculos, sus festivales, su gastronomía… que se van parquetematizando a su vez al organizar su vida alrededor de esa “riqueza turística”.  Sin duda, resta vida transcurriendo por debajo de estas fachadas, pero cada vez resulta más difícil que pueda ser reconocida, nombrada. Y cada vez será más difícil que ocurra algo ahí fuera, desde ahí abajo, pues una capa más y más densa de irrealidad se encarga de distorsionar lo posible. Cuando el hechizo se rompa y lo oculto emerja, nos parecerá irreal, una distorsión impertinente que habrá de ser aplastada cuanto antes.

Lo que me distancia de Yuan Limin no tiene que ver con asuntos técnicos ni culturales, como pudiera parecer. Él forma parte entusiasta del parque temático; yo trato de romper su señuelo.

(Un vídeo turístico-promocional típico dedicado a Wudang y su taichí: https://www.youtube.com/watch?v=ALjmFU-Cqpo)




TAI CHI CHUAN EN ESTA PANDEMIA

El curso 2019-20 de Tai Chi Chuan Eskola acabó como sabemos: suspensión de clases en la escuela con el confinamiento de marzo, vuelta a la práctica sin contacto en el parque en mayo, y el encuentro de fin de curso en este solsticio de verano.

El encuentro resultó especial porque muchos nos veíamos por primera vez en tres meses, y cada un@ arrastraba la carga de lo vivido. Fue hermoso y sanador para tod@s. Quiero resumir aquí lo que intenté explicar el último día de ese encuentro, pensando también en los que no pudieron acudir y se preguntan cómo afrontaremos el próximo curso.

El proyecto de Tai Chi Chuan Eskola ha estado presente entre todas las reflexiones que me han atravesado durante los meses pasados. Cada un@ miramos y sentimos desde nuestra circunstancia más particular, y yo aproveché para volver a realizar un balance más global: si algo está cambiado irreversiblemente para tod@s, ¿cómo afectará a la práctica que ha ido evolucionando y materializándose en más de tres décadas? Aunque en la crisis global este asunto puede resultar nimio, no lo es para mí ni para algun@s de vosotr@s. La pregunta que hay que responder cae por su peso: ¿nos adaptaremos lo mejor posible a las normas impuestas o plantearemos alguna otra alternativa? Como ya he tratado de explicar en otros lugares, mi impresión es que no estamos ante una crisis pasajera más, sino que esta crisis marca un límite, incluso un cambio de época. La palabra “apocalipsis” no me parece inadecuada para este momento[1].

“Apocalipsis” es súbito final de los tiempos, pero significa también “revelación”: un momento en que lo que estuviera oculto o enmascarado se revela y muestra su verdadera naturaleza. En nuestro caso, ¿qué es lo que se revela en relación al proyecto de TCCeskola?

ÉXITO Y FRACASO DE UN FENÓMENO GENERACIONAL

Tras más de tres décadas de dedicación profesional, hay una evidencia significativa: mis alumn@s han ido envejeciendo conmigo. Entre los cientos que han ido pasando por las clases y los cursos, las personas han ido cambiando, pero la edad media ha sido siempre cercana a la mía –de cinco a diez años, por arriba o por abajo–; apenas gente claramente más joven, a diferencia de lo ocurrido en otras actividades paralelas como el yoga, la danza, diversas artes marciales, etc. Entre nosotr@s no se ha producido un verdadero “recambio generacional”. Esto me lleva a concluir que se trata de un “fenómeno generacional”.

Somos algun@s de l@s hij@s de la última generación que vivió las guerras y postguerras europeas y que, con trabajo y habilidad, se abrieron camino a lo largo de varias “décadas de progreso”. Algun@s veníamos de una transición combativa que nos condujo a una larga etapa de “apertura de oportunidades”: estudios y trabajos universitarios, abundantes plazas de funcionarios, servicios públicos aceptables, viajes… Entre aquella gente, algun@s nos abrimos a experiencias inconcebibles para nuestros mayores pero, ante todo, tuvimos la suficiente conciencia y sensibilidad para saber que debíamos cuidarnos; que la herencia recibida estaba marcada también por profundas heridas que debían ser sanadas si no queríamos continuar reproduciendo patrones generadores de mucho sufrimiento estéril. La nuestra, a diferencia de la de nuestros padres-madres, fue una “generación terapeutizada”; una generación que ponía condiciones a la vida: “no a cualquier precio” podría ser la consigna que guió nuestras decisiones en ámbitos tan cruciales como el trabajo, la familia, las relaciones…

Prosperidad y terapia pues y, con ello, el despliegue de un amplio mercado: un listado interminable de formas de autocuidado y ayuda. El taichi entró en esta oferta y demanda de servicios terapéuticos y experiencias que no ha dejado de crecer y evolucionar en las últimas décadas. Las prácticas orientales formaron parte de esta oleada que –no lo olvidemos– nos llegó casi siempre tras pasar el filtro “occidental”: el de las modas y corrientes que se desarrollaban en Norteamérica. Aunque quedáramos seducidos por historias de “maestros y discípulos en procesos de despertar”, lo que se impuso fue un modelo mercantil. Por utilizar un ejemplo simple: la leche a la que se accedía en contacto directo con algún ganadero cuando nuestros abuelos, con nuestros padres pasó a las tiendas en sus dos variables (“leche del día” y “leche de larga duración”). Progresivamente la leche fue ocupando una sección completa de cualquier supermercado: además de las varias descremadas, las enriquecidas con todo tipo de productos; las vegetales… hay que ser un experto en dietética y marketing para acertar con la que nos conviene.

Entre las decenas de propuestas de taichi, nuestra escuela se creó “en el momento oportuno” y tuvo un gran éxito: en su apogeo, fueron necesarias listas de espera y recurrimos a otros locales. Decenas de alumn@s entusiastas querían convertirse en profesor@s. Organicé cuatro promociones de formación en las que también había listas de espera y un intento de federación de diversas escuelas a nivel estatal. Un gran éxito; un verdadero fracaso.

Quizá una de las claves de este fracaso reside en que siempre recelé del éxito comercial, y puse mucho énfasis en la cuestión de la “traducción”. ¿Qué buscamos y qué encontramos en la práctica del taichi, el qi gong, etc.? ¿Cuáles son sus límites y potencialidades? ¿Qué tipos de dinámicas individuales y grupales deberían promoverse para que estas preguntas puedan plantearse y responderse en los procesos que cada un@ vive de manera particular?

Lo que para mí era irrenunciable se ha encontrado con una resistencia insuperable en la inmensa mayoría de mis compañer@s profesionales o que querían profesionalizarse; siempre ha sido recibido como una impertinencia que, finalmente, ha conducido a la ruptura. En la escuela, siempre colaboré con vari@s profesor@s que antes habían sido alumn@s; tras la formación, que tenía como objeto establecer unas bases (“Instructor de divulgación” era el título que otorgaba), la posibilidad de continuar trabajando en equipo entre los que se dedicaban profesionalmente a la enseñanza resultó imposible; cuando planteamos la colaboración con otras escuelas, los intentos de formular unas bases comunes fracasó: “¿Que hay que explicar lo que el taichi es? ¡Qué planteamiento tan absurdo!”

Siempre he opinado que si no se hacía un serio trabajo en este sentido, el taichi pasaría como una moda más y se desvanecería en manos de oportunistas y mercaderes. Por otro lado, los que se oponían a mis planteamientos se han sentido legitimados por el ejemplo de los “maestros chinos” que, en su mayoría, se han ido desplegando por Occidente más preocupados por sus negocios que por una posible transmisión[2].

Todo esto no ha impedido que el esquema para una práctica trasmitido por Tew en los finales 80 se haya ido desplegando y matizando de forma satisfactoria[3].

“CONSTRUIR UN LABORATORIO”

Con este título resumí mi proyecto en un texto de hace siete años[4]. Para entonces, el proyecto había madurado y podía ser formulado con suficiente claridad. Podemos resumirlo en cuatro principios:

  1. El Tai Chi Chuan debe ser entendido, en primer lugar, como “trabajo corporal”.
  2. La particularidad de este trabajo reside en el lenguaje que elige para su experimentación, un lenguaje marcial: la gestión de una expresión de la gestualidad agresiva, natural al cuerpo humano, sin que ésta revierta en dinámicas de poder destructivas.
  3. El contacto marcial, por tanto, se coloca en el centro de la práctica: no nos reducimos a una relación imaginaria o ritual, como ocurre en tantas disciplinas de origen marcial, entre las que el taichi ocupa un lugar paradigmático.
  4. Entre el conjunto de enfoques –salud, marcialidad…–, definimos el nuestro como un “enfoque meditativo”.

Aunque estos puntos fueron ya mejor o peor desarrollados para 2008 en Levantar la mirada, intentaré matizarlos sumariamente:

“Trabajar con el cuerpo” es considerar el descenso, la encarnación, como una tarea “higiénica” básica para compensar nuestra tendencia natural a la hipertrofia de lo que nos caracteriza como humanos: el sentimiento y, más aún la mente[5]. No oponemos lo uno a lo otro; no pretendemos que “nuestra verdadera naturaleza reside en el cuerpo” y que la mente ha de ser “neutralizada”, etc. Al contrario, pretendemos cultivar un equilibrio siempre problemático –si no imposible– para que nuestro ser más humano no resulte sistemáticamente saboteado por los “bajos impulsos”, tan habitualmente reprimidos o mal gestionados.

En cuanto al potencial “agresivo” (los puntos 2 y 3), es lo que diferencia esta práctica de cualquier otra centrada en el cuerpo que puede asumir el punto anterior.  Sabemos que agredire, etimológicamente, significa “entrar en contacto”. Así, el centro de nuestra práctica gravita en la exploración de la naturaleza agresiva de habitar un cuerpo con otr@s: una exploración del espacio vital y de su posible invasión, así como de las interacciones que esto genera en el contacto con diversas personas con las que exploramos esta dimensión. No nos interesa la práctica “gimnástica” sin contacto, por muy interesante y sofisticada que pueda resultar, que se realiza en la inmensa mayoría de los acercamientos al taichi, a partir de su conversión en “gimnasia de masas” en la China maoísta y su posterior exportación a Occidente. Sin esa dimensión de contacto físico, el taichi se diluye y pierde su raíz y su fundamento.

Por último, el enfoque meditativo es el que delimita y sitúa con mayor claridad todo el resto. Significa que una y otra vez volvemos al punto de partida: el cuerpo y su interacción con el resto de nuestras dimensiones humanas compartidas con el prójimo. También que ni el taichi ni ninguna otra disciplina son un bien en sí mismas; menos aún una panacea para atajar nuestra inadaptación constitutiva. Frente a la actitud exhibicionista de tantos expertos, pensamos que el virtuosismo resulta más bien un obstáculo; y que las promesas de “salud perfecta”, “eterna juventud” e inmortalidad son delirios que tenemos que descartar rotundamente. Separar los “beneficios para la salud” de los “aspectos marciales”, así como de las “prácticas energéticas o meditativas” expresa una confusión muchas veces interesada, propia de comerciantes. En el taichi, es justamente la gestión de lo agresivo y la marcialidad la que desarrolla los “aspectos terapéuticos” y su potencial de compresión meditativa.

DE LA POLARIDAD A LO CONTRARIO

Taiji-taichi es el nombre que recibe el principio universal de la polaridad expresado en el conocido símbolo (el yin y el yang en un círculo) , un principio presente y cultivado en todas las artes tradicionales chinas. Según este principio, todo es el yin de algún yang y viceversa: algo que resume también el principio de la analogía, lo que rige el funcionamiento de la mayoría de nuestras operaciones mentales comunes. Lo que percibimos lo “situamos” en base a metáforas y metonimias. Pero eso no significa que dicha operación sirva siempre y, menos aún, que pueda erigirse en criterio moral. Lo que es útil para la vida ordinaria no sirve para el análisis científico o filosófico que debe ser riguroso en la distinción de categorías; en la ordenación de posibles causas y efectos; en la deducción y la consideración de las leyes que rigen la naturaleza y el orden o el caos del universo.

En cuanto a la ética o la moralidad, adoptar este principio como rector de comportamiento, puede conducirnos al relativismo más interesado, de forma que todo y cualquier comportamiento quedan justificados. Descendiendo al terreno del taichi como “producto de consumo”, es habitual alabarlo porque “nos sirve”. Los problemas surgen cuando nos planteamos “para qué”.

Cuando me topo con los artículos o reportajes publicitarios que cada poco aparecen en algún medio de comunicación, suelo tender a pensar que, justamente, se trata de “lo contrario”[6]. Pero “lo contrario” tiene mala prensa en nuestra generación: nos recuerda demasiado a preceptos autoritarios, a imposición represiva, a “moralidad judeo-cristiana”… somos alérgicos a los límites; quisiéramos vivir –y de hecho lo conseguimos en alguna medida– una adolescencia perpetua. ¿Qué significa lo contrario? ¿El día y la noche?, ¿lo que tensa y lo que relaja?, ¿lo masculino y lo femenino?… La lista es interminable, como el yin y el yang. Lo contrario, sin embargo, es lo que ante una elección moral, nos hace descartar una de las dos opciones por incompatible con la que consideramos adecuada. Considerar el taichi como un “bien en sí” es incompatible con el enfoque meditativo que propongo, lo mismo que considerar que la meditación es un medio para cultivar la “calma mental” es incompatible con la meditación tal como ha sido concebida por las personas que la han cultivado seriamente, a pesar de los apologistas.

Un laboratorio es el lugar donde menos cabe el “todo vale”. Se caracteriza, justamente, porque aísla un determinado conjunto de variables para experimentar con ellas en un marco delimitado e intentar deducir alguna conclusión. No hace falta insistir en que, a día de hoy, la mayoría de las ofertas de taichichuan (y de qi gong, o de meditación) son lo contrario de los cuatro principios que he formulado sumariamente más arriba.

POLITIZAR LA PRÁCTICA EN LA SITUACIÓN PANDÉMICA

Llegados a este punto, la política –en boca de todos y tan bajo sospecha– me parece el término que hay que recuperar. Pero no me refiero al uso corriente de este término, ése del que usan y abusan sus profesionales; contables y administradores de cierto espacio de poder o de su “puesta en escena” de la que parecen disfrutar. Hablo del proceso de politización que implica vivir en sociedad. Cualquier propuesta dirigida a otros, sea comercial, terapéutica, educativa o de cualquier tipo, que pretenda ser “apolítica” está haciendo su propia declaración política: su alineamiento con el statu quo o el encubrimiento de la red de intereses en la que, inevitablemente, participamos.

Asumiendo que formamos parte de la minoría privilegiada, en el supuesto de que impugnemos el orden establecido como radicalmente injusto y alentador de sufrimiento y muerte gratuitas y en gran medida evitables, la primera condición que deberíamos ponernos sería la de rechazar la tentación del victimismo. Esta es la primera razón por la que descartamos las interpretaciones conspirativas de la pandemia, así como de otras desgracias que nos asolan. No se trata aquí de “objetividad”; de que haya intereses ocultos alentando “el virus del pánico” para salir fortalecidos de ésta o de otras guerras. Aunque tratemos de contrastar informaciones y opiniones, y debamos decidir nuestra dosis particular de obediencia o rebeldía, se trataría, en primer lugar, de abandonar ese lugar que nos convierte en seres impotentes o resentidos. El lugar que más radicalmente atenta contra la dignidad humana: su núcleo irreductible, aquél que algunos seres humanos han demostrado ser capaces de sostener incluso en la peor de las circunstancias.

Cuando hablo de “politización” me refiero al reconocimiento activo de un límite con el que ahora mismo estamos chocando[7]. No hablo de tomas de posición “ideológicas” sino existenciales: un@ no elige su familia, su clase social, el lugar o la lengua en la que nace… pero es empujado por la vida a tomar partido una y otra vez. A esta politización me refiero. Y si es cierto que actualmente vivimos una situación apocalíptica, dicha politización resulta ineludible. ¿Qué significa esto en el marco que estamos considerando?

He dicho que un@ choca con un límite. Nuestra propuesta trata de crear un ámbito protegido para experimentar con el propio espacio y su energía en relación con cuerpos y situaciones concretas de compañer@s que asumen participar en dicha experimentación, en un entorno físico determinado. Una de las cuestiones más inquietantes que la pandemia del covid 19 ha traído a un primer plano es precisamente la gestión de la distancia y el contacto físicos. Lo que era “normal” se vuelve problemático; los códigos asumidos se cuestionan de raíz… hasta el extremo que la persona que no considera justa o aceptable la norma impuesta es señalada como cómplice del Mal; responsable en la propagación de lo que causará la enfermedad o la muerte de otros. Dicha nueva norma(lidad) impone la distancia física hasta la mascarilla, y prohíbe cualquier contacto físico[8]. Resulta incompatible con el proyecto del que estoy hablando.

Pondré un ejemplo, extremo quizá: si una mujer decidiera hoy quitarse el burka en Afganistán o, en el entorno y la época de mi madre, que ella comprarse un bañador y fuera a darse con él un baño en el mar, realizaría un gesto político de alto riesgo. Ignorar la norma de “distancia social” requerirá entre nosotros, a partir de ahora, un riesgo que nadie debería tomar frívolamente, sin sopesar sus posibles consecuencias. Y será un gesto político.

He oído de gimnasios donde la gente vuelve a sus clases de judo o de jiu-jitsu; de kenpo, de wing tsun o de aikido… sin contacto. Es como nadar sin agua, hacer equitación sin caballo, hacer el amor con una pantalla de ordenador. ¿No es el triunfo de la era digital donde lo virtual sustituye a lo carnal superando de una vez todas sus servidumbres? El fin de los riesgos, el fin del ser humano mortal.

Mi objeción a esta norma es radical, y la asumiré con las consecuencias que puedan depararme.

 

[1] Me remito a un artículo de Luca Paltrinieri que tradujimos del italiano Ensayo general para un apocalipsis diferenciado y a su continuación: Distanciamiento social.

[2] Estoy resumiendo en pocas frases procesos complejos que se han ido clarificando a base de experiencia y reflexión compartidas. La última anécdota en este sentido clarificadora puede ser la conversación imposible con Yuan Limin en 2018.

[3] El libro de Tew Bunnag The art of T’ai Chi Ch’uan, Meditation in Movement, de 1988, que no ha dejado de reeditarse en castellano desde entonces, resumen este esquema.

[4] Construir un laboratorio.

[5] Abundo en esta cuestión en la introducción a los tutoriales que preparé para el confinamiento.

[6] Neurociencia para el bienestar (en casa) es el título del último con el que he dado en el confinamiento. He comentado alguno ya.

[7] El antes mencionado artículo de Paltrinieri Distanciamiento social abunda en esta cuestión.

[8] La mascarilla, nuestra nueva frontera.




LA MASCARILLA, NUESTRA NUEVA FRONTERA

(Artículo publicado por EL SALTO diario el 24 mayo de 2020 https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/juan-gorostidi-mascarilla-nuestra-nueva-frontera)

De un gran gobernante, lo único que conocen los de abajo es que existe […]Gobernar un gran Estado es como freír un pequeño pez […]Cuando reinan el desorden y la confusión, es cuando más se habla del amor a la patria.

Lao Zi, El libro del Tao

Si valoráramos la gestión de la actual crisis por parte de nuestros gobernantes a la luz de estos antiguos aforismos chinos, diríamos que se encuentran justamente en las antípodas: parecen poseídos por el furor maníaco de regular cada pequeño gesto de la vida pública y privada de cada uno de sus gobernados. Estos meses pasarán, también, a la historia por el record de decretos y reglamentos que cada día, casi cada hora, se ponen en circulación. Empeñados en irrumpir a cada hora, nos tratan constantemente como seres absolutamente incapaces de valernos por nosotros mismos y de tomar la más mínima decisión adecuada, recordándonos a cada instante que cada uno de nosotros no sólo representa una amenaza para su vecino, sino también para sí mismo. Creo que la imposición de la obligatoriedad en el uso de las mascarillas simboliza bien el salto cualitativo que se está produciendo en las últimas semanas. Parece ser que los gobiernos no podían imponérnosla hasta ahora por no poder asegurar su suministro, pero ahora ya sí. Además, está la colaboración de tantas personas que se han puesto a fabricarlas artesanalmente, como los monjes tailandeses de la ilustración, en una escenificación ejemplarizante muy de su estilo:

No me centraré aquí en la cuestionada utilidad profiláctica de esta medida que ya ha sido tratada por especialistas como José María Paricio (la propia OMS salió al paso con una nota significativa). Hasta ahora, la mascarilla era algo que se ponía el cirujano o, entre los obreros, aquellos que tenían que filtrar polvo u otras toxinas. Pero con la pandemia ha pasado a convertirse en la prenda emblemática que simboliza la defensa activa contra el virus.

El conocido filósofo coreano Byung-Chul Han, en un artículo ampliamente reproducido por la prensa europea, insistía ya en su interés y eficacia, y parece que nuestros mandatarios le han escuchado. En Italia, no se puede salir de casa sin guantes y mascarilla. Aquí es obligatoria en los sitios cerrados y siempre que estemos a una distancia menor de dos metros. Y, como los diseñadores de moda han detectado, esta nueva “prenda” parece haber venido para quedarse.

Toda prenda se crea para cubrir nuestra desnudez y convertir nuestro cuerpo en algo digno de ser expuesto. Las palabras de Han, que utilizaba casi un cuarto de su largo artículo para hablar del tema, resultan reveladoras: “En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena”. En apenas cinco líneas, tres términos bien fuertes: “individualismo europeo, criminales, obsceno”.

Ese párrafo, que hace apenas unos meses nos parecería una excentricidad, merece ser tomado en consideración en estos momentos en que se impone la norma. Han ha cimentado su éxito (“el filósofo contemporáneo que más vende en el mundo”, según El País) en diseccionar “el individualismo europeo” y en una difusa exaltación de los “valores orientales”. En el artículo que comento, dice que ellos son “confucionistas”. No hace falta ser un experto para saber que el actual “confucionismo” asiático no es sino una construcción interesada desde los diversos poderes imperiales chinos que poco tiene que ver con la obra de Confucio. Algo muy parecido a lo que ocurre con la relación entre la vida del profeta-agitador nazareno ajusticiado en Palestina hace unos dos mil años y los imperios autoproclamados cristianos en nombre de una religión que aquél no fundó. Para nuestro filósofo, el “confucionismo asiático” se traduce en que “las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado […] Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado”.

Que en China o Corea la gente “confía en el Estado” y que la epidemia ha sido mucho más eficazmente controlada que en Europa, es algo que Han da por hecho, a pesar de lo discutible que resulta. Para él parece irrelevante que la China post-maoísta se alzase sobre la masacre de Tiananmen de 1989, y que la represión de cualquier iniciativa que el aparato de Estado considere una amenaza continúe siendo implacable desde entonces. También es irrelevante que su país, Corea del Sur, haya vivido bajo cuatro dictaduras militares desde la guerra que dividió al país en los 50, hasta 1987. En ese año, el dictador convocó elecciones y resultó elegido, antes de organizar los Juegos Olímpicos del año siguiente (basta leer Actos Humanos de Han Kang, publicado en español por Rata en 2018 para ver cómo se las gasta el ejército coreano). Por lo visto, se trata de detalles irrelevantes que no explican nada, en comparación a su “natural colectivista-confuciano y su embriaguez de digitalización” (sin embargo, él mismo explica que, en China, puedes perder el trabajo si no puntúas convenientemente en el estricto control digital al que es sometida la población).

Más allá de la forma en que se construyen imágenes estereotipadas y muy interesadas sobre Oriente y sobre Occidente, volvamos al uso de la mascarilla. Taparse la cabeza o la cara no es algo comparable a cubrirse o no otras partes del cuerpo, exceptuando los genitales. Incluso éstos, o parte de ellos, no resultan vergonzosos para según qué pueblos “primitivos”. En China, resulta obsceno enseñar los pies, lo mismo que era señal de buena nota vendárselos cruelmente a las niñas para que su caminar se pareciese a los “juncos oscilantes” –“pies de loto”, los llamaban–, y pudieran convertirse en damas distinguidas; una práctica prohibida tras la llegada de Mao al poder en 1949, pero que aún no ha sido completamente erradicada. Aún recuerdo cómo mi madre nos llevaba a todos los hermanos para pasar un domingo completo en la playa en calurosos días de verano pues los médicos ya aconsejaban por entonces los baños de mar, mientras que ella permanecía, sudando, sin quitarse el vestido ni bañarse. O cómo nos duchaba una vez a la semana de muy niños, mojándose el vestido… Nunca pude ver el cuerpo desnudo de mi madre. En aquella época, aún las mujeres de los medios rurales debían cubrirse la cabeza a partir de cierta edad, y no podían quitarse el luto si enviudaban, lo mismo que los hombres no podían entrar en la iglesia sin descubrirse. Lo que se cubre y se descubre obedece siempre y en todo lugar a códigos complejos, y va cambiando en la medida que la relación con nuestros cuerpos y los de los demás se va modificando.

En las pasadas décadas, hemos asistido a un interminable debate sobre el derecho de las mujeres musulmanas a velarse la cara; las escenas de mujeres expulsadas de playas y piscinas por vestir burkini son del pasado verano: “¿qué representa el velo?, ¿en qué lugar coloca a la mujer?, ¿a qué orden o sistema social obedece?”. Preguntas obvias, recurrentes. Hoy, por orden gubernamental, nos disponemos a taparnos la mitad inferior de la cara para poder asistir a cualquier evento público y cada vez más personas no se atreven a salir a la calle sin máscara, “por razones sanitarias”. Pero no me parece que podamos reducir la interpretación de algo tan elocuente en la exposición o el velado de nuestro rostro a estas razones utilitarias. Tapar las vías respiratorias obligándonos a volver a inspirar lo que hemos espirado tiene también obvias repercusiones sanitarias, pero establece una frontera evidente entre la boca que habla y aquél o aquella que escucha.

En cuanto a lo primero: el castigo de reabsorber las toxinas que constantemente el cuerpo expulsa a través de la respiración tiene una enorme carga simbólica. Después de que nuestros sistemas económicos, y la explotación de la naturaleza hayan convertido a buena parte del mundo en un vertedero, hasta el punto de generar una situación catastrófica y en buena medida irreversible, es como si se nos pusiera un castigo individual a un pecado colectivo. Se parece a aquellos castigos muy propios de los cuarteles y otros centros militarizados donde se imponía una pena colectiva cuando no se daba con el responsable directo de una falta. En este caso, y también muchas veces en los cuarteles, no es que no se conozca a los responsables, sino que son los mismos responsables los únicos que detentan el poder de castigar. Como si, en lugar de detener los vertidos tóxicos, se nos obligase a tomar en cada uno de nuestros platos de comida una parte de nuestras propias heces.

En cuanto a la barrera simbólica de taparse buena parte de la cara, tiene que ver con lo que, eufemísticamente, se ha llamado “distancia social”. Se trata de otro asunto que recibe diversos tratamientos según las culturas y las situaciones. La intromisión de otro en el propio espacio vital (el “síndrome del ascensor”) es algo que todos percibimos y gestionamos mejor o peor. Pero estos días estamos dando un salto cualitativo. Lo que hasta ahora debía ser explícitamente solicitado y permitido (“no es no”) ha cambiado de dimensión: cualquier cercanía humana debe ser explícitamente permitida pues el otro, cualquier otro, se ha convertido en una amenaza; portador de un agente mortal llamado “virus”, sinónimo actual del mal infeccioso, hasta el punto de que el otro y el virus tienen a convertirse en términos intercambiables. La campaña de la artista Lucia Sun “No soy un virus” cobra pleno sentido:

Desde la antigüedad y hasta mediados del siglo XIX esa palabra era un sinónimo de “veneno”, y no se descubrió como la entidad de la que hoy hablamos hasta 1899. Los virus, por lo visto, son los pobladores más antiguos y abundantes del planeta. Abundan en todo ecosistema, incluido el ser humano: miles de ellos nos habitan. Sus dos características fundamentales son que sólo viven en el interior de otra célula y que mutan constantemente. Así que son “parásitos” e “indestructibles”, en cuanto que cualquier agente específico contra ellos resulta poco o nada eficaz contra su imprevisible mutación. Resumiendo y simplificando mucho, podríamos decir que por eso las infecciones virales son tan difíciles de tratar y no existe una vacuna contra el SIDA.

Lo que podría conducirnos a una concepción distinta de la enfermedad, entendiendo ésta como una pérdida del equilibrio inmunitario producida por infinidad de variables –entre ellas, la existencia de un medio más o menos infeccioso–, una concepción de sentido común en todas las medicinas y sistemas de sanación de todo el mundo, incluso entre los médicos que conocí en mi infancia. Pero la concepción impuesta en la sociedad actual lleva a la prevalencia del “agente externo agresor” que hay que combatir hasta su extinción. Esta idea se convierte en una verdadera pesadilla y conduce a innumerables callejones sin salida, pero es axiomática para la comunidad científica sanitaria actualmente dominante, hasta convertirse en dogma incuestionable. Cualquier médico que matice o cuestione este modelo será expulsado de las corporaciones médicas y condenada al ostracismo. Y es conocido que las corporaciones médicas y su entorno –el Big Pharma– reúnen un nivel de poder e influencia incomparable (pensemos que alrededor del 40% del presupuesto de cualquier país europeo se dedica a sanidad). Como muchos han explicado, habría que decir que la “Medicina Científica” es la más poderosa entre las religiones hoy vigentes, ya que gobierna lo más íntimo, en los principales temas generadores de todas las religiones: la vulnerabilidad humana, el dolor, la decadencia, la muerte. Los agentes de esta institución omnipresente representan la clerecía más poderosa en nuestras sociedades “avanzadas”: desde antes de la concepción hasta el estado post-mortem, todo en nuestra vida debe estar medicalizado, y cada vez menos personas se atreven a tomar ninguna decisión sobre su vida y su salud sin el permiso de tales clérigos.

“El virus ha venido para quedarse” nos predican cada día; “debemos irnos acostumbrando a la nueva normalidad, que no será la que conocimos hasta hace pocos meses”. No conozco ninguna campaña que pueda ser comparada en intensidad, agresividad y unanimidad a la que estamos sufriendo en esta pandemia por parte de todos los medios de masas. Su terminología es la de la guerra; su consecuencia, la obligatoriedad de la movilización total. La obediencia es incuestionada y cualquier conato de rebeldía se tacha de irresponsabilidad… Y la obligatoriedad de la mascarilla simboliza lo que me atrevería a calificar de mutación antropológica: nuestros gobernantes, con el apoyo de pensadores de la altura de Byung-Chul Han parecen estar decididos a que la cara no enmascarada comience a parecernos obscena…

Pero no es sólo eso. He dicho que se trata de algo de fuerte carga simbólica. Una carga que trata de normalizar la situación que se impone en las catástrofes y amenazas producidas directamente por seres humanos: las guerras, el peligro de violadores, secuestradores de niños o asesinos en serie, etc. Clínicamente se llama paranoia y, quien la haya conocido sabe que se trata de una de las enfermedades más infernales del alma humana: vivir al otro, a cualquier otro, como agente de un poder implacable y todopoderoso que te va a devorar. Peor aún, que te mantiene en el infierno sin posibilidad de defensa, gozando con tu propio tortura. Así se vive el paranoico. Y ése es el tipo de psicosis a la que, con mayor o menor grado, nos estamos conduciendo. No se trata del miedo a una amenaza real, una respuesta adaptativa imprescindible de cualquier ser vivo, sino de la magnificación de un miedo hacia un ser omnipresente e intratable (“el virus mutante y asesino”) convertido en el verdadero rector de nuestras vidas. Sabiéndonos criaturas que sólo pueden sobrevivir en el contacto de piel con piel, y que crecen en campos inmunitarios tanto físicos como simbólicos, sociales y políticos.

Intervención en Times Square de New York el pasado 20 de marzo

La conciencia de estas transformaciones no hace sino subrayar la centralidad de la biopolítica en cualquier reflexión sobre el tiempo presente. En uno de los artículos más interesantes publicados en esta crisis, Paul B. Preciado lo expresaba así: “Lo más importante que aprendimos de Foucault es que el cuerpo vivo (y por tanto mortal) es el objeto central de toda política. Il n’y a pas de politique qui ne soit pas une politique des corps (no hay política que no sea una política de los cuerpos). Pero el cuerpo no es para Foucault un organismo biológico dado sobre el que después actúa el poder. La tarea misma de la acción política es fabricar un cuerpo, ponerlo a trabajar, definir sus modos de reproducción, prefigurar las modalidades del discurso a través de las que ese cuerpo se ficcionaliza hasta ser capaz de decir «yo»”. Y, más adelante, “Las distintas epidemias materializan, en el ámbito del cuerpo individual, las obsesiones que dominan la gestión política de la vida y de la muerte de las poblaciones en un periodo determinado. Por decirlo con términos de Foucault, una epidemia radicaliza y desplaza las técnicas biopolíticas que se aplican al territorio nacional hasta al nivel de la anatomía política, inscribiéndolas en el cuerpo individual… La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia (y los fallos estrepitosos) de su soberanía política”.

Habrá mucho que pensar y hablar sobre la forma en que un “agente externo”, un virus en este caso, actúa a nuestra imagen y semejanza; despierta los fantasmas apenas controlados y reorganiza nuestra vida, nuestra convivencia y nuestra “coinmunidad”. Este último término es el que utilizó Peter Sloterdijk en una conferencia ante el senado francés en el 2009. Hace más de diez años, calificaba “la situación actual del mundo determinada claramente por el hecho de que no ofrece una coinmunidad eficiente a los miembros de la «sociedad mundial». Al nivel más alto no existe ningún sistema de solidaridad operativamente convincente, sino una guerra clásica de grupos de intereses”. Obviamente, nos introducimos aquí en el campo de la política global, en un momento en que parece haberse producido la “tormenta perfecta” para el desencadenamiento de una crisis sin precedentes que augura los peores presagios. Desgraciadamente, la hiperactividad de nuestros gobernantes sirve de pantalla a los verdaderos poderes fácticos, que callan e implementan sus estrategias. Si se desarrollan resistencias a las mismas no va a poder ser más desde posiciones periclitadas y de ineficacia histórica ampliamente demostrada. Hoy, usando las sugerentes palabras de Preciado “El cuerpo, tu cuerpo individual, como espacio vivo y como entramado de poder, como centro de producción y consumo de energía, se ha convertido en el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera, que llevamos diseñando y ensayando durante años, se expresan en forma de barrera y guerra frente al virus. La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa. Y la frontera no para de cercarte, empuja hasta acercarse más y más a tu cuerpo. Calais te explota ahora en la cara. La nueva frontera es la mascarilla. El aire que respiras debe ser solo tuyo. La nueva frontera es tu epidermis. El nuevo Lampedusa es tu piel”.

Nadie posee “alternativas” fácticas a esta mutación pero, en cualquier caso, éstas no podrán desarrollarse como simples fórmulas. Germinarán de forma iluminadora de procesos vivos y dolorosamente paradójicos; de entre aquellas que sean capaces de tomar distancia de los caminos trillados tanto como de las intensas campañas de coacción ideológica, física y militar a la que seremos sometidos. Como recuerda Sloterdijk en el texto citado, “el cálculo coinmunitario explica por qué hay que sacrificar algo a un nivel bajo si se quiere conseguir algo a un nivel superior. Sobre esto se basan todas las donaciones e impuestos, todos los buenos modales y servicios, todas las ascesis y virtudes”.  El simple hecho de pronunciar palabras semejantes parece convertirnos en aliados de los darwinistas sociales, de aquellos que quieren hacer efectiva la aniquilación de esa mayoría excedente que hoy conforma la humanidad esquilmada y empujada a la muerte. En realidad, nos habla de la complejidad de la situación y de la necesidad de atrevernos a politizar las paradojas a las que nos veremos cada vez más intensamente sometidos.